13 nov. 2011

Revista número 33

Ya está disponible para su visualización "online" el número 33 (5 de noviembre de 2011) de la revista de "Santa Ángela", con la intención de que pueda ser leída por todos aquellos a los que la edición en papel no llega.

26 ago. 2011

Revista Número 32

Ya está disponible para su visualización "online" el número 32 (2 de agosto de 2011) de la revista de "Santa Ángela", con la intención de que pueda ser leída por todos aquellos a los que la edición en papel no llega.

20 ago. 2011

Vía Crucis de las JMJ preparado por las Hermanas de la Cruz

Las Hermanas de la Cruz de Sevilla han estado muy presentes de un modo simbólico en los actos de este multitudinario encuentro del papa Benedicto XVI con jóvenes de todo el mundo. A petición de los organizadores de la Jornada Mundial de la Juventud Madrid 2011 (JMJ), las Hermanas de la Compañía de la Cruz de Sevilla se encargaron de elaborar el texto con las meditaciones del Viacrucis que se rezó el 19 de agosto en Madrid.




A continuación el texto íntegro del Viacrucis, junto con la oración del Papa a la Virgen María:

Primera Estación
Última Cena de Jesús con sus discípulos
Y tomando pan, después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía». Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros» (Lc 22, 19–20).
Jesús, antes de tomar entre sus manos el pan, acoge con amor a todos los que están sentados en su mesa. Sin excluir a ninguno: ni al traidor, ni al que lo va a negar, ni a los que huirán. Los ha elegido como nuevo pueblo de Dios. La Iglesia, llamada a ser una.
Jesús muere para reunir a los hijos de Dios dispersos (Jn 11, 52). «No sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno» (Jn 17, 20–21). El amor fortalece la unidad. Y les dice: «Que os améis unos a otros» (Jn 13, 34). El amor fiel es humilde: «También vosotros debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 14).
Unidos a la oración de Cristo, oremos para que, en la tierra del Señor, la Iglesia viva unida y en paz, cese toda persecución y discriminación por causa de la fe, y todos los que creen en un único Dios vivan, en justicia, la fraternidad, hasta que Dios nos conceda sentarnos en torno a su única mesa.

Segunda Estación
El beso de Judas
«Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás» (Jn 13, 26).
«Se acercó a Jesús… y le besó. Pero Jesús le contestó: “Amigo, a qué vienes”» (Mt 26, 49–50).
En la Cena se respira un hálito de misterio sagrado. Cristo está sereno, pensativo, sufriente. Había dicho: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer» (Lc 22, 15). Y ahora, a media voz, deja escapar su sentimiento más profundo: «En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar» (Jn 13, 21).
Judas se siente mal, su ambición ha cambiado, a precio de traición, al Dios del Amor por el ídolo del dinero. Jesús lo mira y él desvía la mirada. Le llama la atención ofreciéndole pan con salsa. Y le dice: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto» (Jn 13, 27). El corazón de Judas se había estrechado y se fue a contar su dinero, para después entregar a Jesús con un beso. Y Cristo, al sentir el frío del beso traidor, no se lo reprocha, le dice: Amigo. Si estás sintiendo en tu carne el frío de la traición, o el terrible sufrimiento provocado por la división entre hermanos y la lucha fratricida, ¡acude a Jesús!, que, en el beso de Judas, hizo suyas las dolorosas traiciones.

Tercera Estación
Negación de Pedro
«¿Con que darás tu vida por mí? En verdad en verdad te digo: no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces» (Jn13, 37).
«Y saliendo afuera, lloró amargamente» (Lc 22, 62).
Un cristiano tiene que ser un valiente. Y ser valiente no es no tener miedos, sino saber vencerlos.
El cristiano valiente no se esconde por vergüenza de manifestar en público su fe. Jesús avisó a Pedro: «Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti» (Lc 22, 31). «Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes de que tres veces hayas negado conocerme» (Lc 22, 34). Y el apóstol, por temor a unos criados, lo negó diciendo: «No lo conozco» (Lc 22, 57). Al pasar Jesús por uno de los patios, lo mira…, él se estremece recordando sus palabras…, y llora con amargura su traición. La mirada de Dios cambia el corazón. Pero hay que dejarse mirar.
Con la mirada de Pedro, el Señor ha puesto sus ojos en los cristianos que se avergüenzan de su fe, que tienen respetos humanos, que les falta valentía para defender la vida desde su inicio, hasta su término natural, o quieren quedar bien con criterios no evangélicos. El Señor los mira para que, como Pedro, hagan acopio de valor y sean testigos convencidos de lo que creen.

Cuarta Estación
Jesús, sentenciado a muerte
«Es reo de muerte» (Mt 26, 66).
«Entonces se lo entregó para que lo crucificaran» (Jn 19, 16).
La mayor injusticia es condenar a un inocente indefenso. Y, un día, la maldad juzgó y condenó a muerte a la Inocencia. ¿Por qué condenaron a Jesús? Porque Jesús hizo suyo todo el dolor del mundo. Al encarnarse, asume nuestra humanidad y, con ella, las heridas del pecado. Cargó con los crímenes de ellos (Is 53, 11), para curarnos por el sacrificio de la Cruz. Como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos (Is 53, 3), expuso su vida a la muerte (Is 53, 12).
Lo que más impresiona es el silencio de Jesús. No se disculpa, es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29), fue azotado, machacado, sacrificado. Enmudecía y no abría la boca (Is 53, 7).
En el silencio de Dios, están presentes todas las víctimas inocentes de las guerras que arrasan los pueblos y siembran odios difíciles de curar. Jesús calla en el corazón de muchas personas que, en silencio, esperan la salvación de Dios.

Quinta Estación
Jesús carga con su cruz
«Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo» (Mc 15, 20).
«Y, cargando Él mismo con la cruz, salió al sitio llamado “de la calavera”» (Jn 19, 17).
Cruz no sólo significa madero. Cruz es todo lo que dificulta la vida. Entre las cruces, la más profunda y dolorosa está arraigada en el interior del hombre. Es el pecado que endurece el corazón y pervierte las relaciones humanas. «Porque del corazón salen pensamientos perversos, homicidas, adulterios fornicaciones, robos, difamaciones, blasfemias» (Mt 15, 19). La cruz que ha cargado Jesús sobre sus hombros para morir en ella, es la de todos los pecados de la Humanidad entera. También los míos. Él llevo nuestros pecados en su cuerpo (1Pe 2, 24). Jesús muere para reconciliar a los hombres con Dios. Por eso hace a la cruz redentora. Pero la cruz por sí sola, no nos salva. Nos salva el Crucificado.
Cristo hizo suyo el cansancio, el agotamiento y la desesperanza de los que no encuentran trabajo, así como de los inmigrantes que reciben ofertas laborales indignas o inhumanas, que padecen actitudes racistas o mueren en el empeño por conseguir una vida más justa y digna. 

Sexta Estación
Jesús cae bajo el peso de la cruz
Triturado por nuestros crímenes (Is 53, 5).
Jesús cayó bajo el peso de la cruz varias veces en el camino del Calvario (Tradición de la Iglesia de Jerusalén).
La Sagrada Escritura no hace referencia a las caídas de Jesús, pero es lógico que perdiera el equilibrio muchas veces. La pérdida de sangre por el desgarramiento de la piel en los azotes, los dolores musculares insoportables, la tortura de la corona de espinas, el peso del madero…, ¡no hay palabras para describir el dolor que Cristo debió experimentar! Todos, alguna vez, hemos tropezado y caído al suelo. ¡Con qué rapidez nos levantamos para no hacer el ridículo! Contempla a Jesús en el suelo y todos a su alrededor riendo con sorna y dándole algún que otro puntapié para que se levantara. ¡Qué ridículo, qué humillación, Dios mío! Dice el salmo: «Pero yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo; al verme se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza» (Sal.22, 7–8). Jesús sufre con todos los que tropiezan en la vida y caen sin fuerzas víctimas del alcohol, las drogas y otros vicios que les hacen esclavos, para que, apoyados en Él, y en quienes los socorren, se levanten.

Séptima Estación
El Cirineo ayuda a llevar la cruz
«Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo» (Lc 23, 26). «Y lo forzaron a llevar su cruz» (Mt 27, 32).
Simón era un agricultor que venía de trabajar en el campo. Le obligaron a llevar la cruz de nuestro Señor, no movidos por la compasión, sino por temor a que se les muriese en el camino. Simón se resiste, pero la imposición, por parte de los soldados, es tajante. Tuvo que aceptar a la fuerza. Al contacto con Jesús, va cambiando la actitud de su corazón y termina compartiendo la situación de aquel ajusticiado desconocido que, en silencio, lleva un peso superior a sus débiles fuerzas. ¡Qué importante es para los cristianos descubrir lo que pasa a nuestro alrededor, y tomar conciencia de las personas que nos necesitan!
Jesús se ha sentido aliviado gracias a la ayuda del Cirineo. Miles de jóvenes marginados de la sociedad, de toda raza, condición y credo, encuentran cada día cirineos que, en una entrega generosa, caminan con ellos abrazando su misma cruz.

Octava Estación
La Verónica enjuga el rostro de Jesús
«Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos”» (Lc 23, 27–28).
«El Señor lo guarda y lo conserva en vida, para que sea dichoso en la tierra, y no lo entrega a la saña de sus enemigos» (Sal 41, 3).
Le seguía una multitud del pueblo y un grupo de mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban llorando. Jesús se volvió y les dijo: «No lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos». Llorad, no con llanto de tristeza que endurece el corazón y lo predispone a producir nuevos crímenes… Llorad con llanto suave de súplica, pidiendo al cielo misericordia y perdón. Una de las mujeres, conmovida al ver el rostro del Señor lleno de sangre, tierra y salivazos, sorteó valientemente a los soldados y llegó hasta Él. Se quitó el pañuelo y le limpió la cara suavemente. Un soldado la apartó con violencia, pero, al mirar el pañuelo, vio que llevaba plasmado el rostro ensangrentado y doliente de Cristo.
Jesús se compadece de las mujeres de Jerusalén, y en el paño de la Verónica deja plasmado su rostro, que evoca el de tantos hombres que han sido desfigurados por regímenes ateos que destruyen a la persona y la privan de su dignidad.

Novena Estación
Jesús es despojado de sus vestiduras
«Lo crucifican y se reparten sus ropas, echándolas a suerte» (Mc 15, 24).
«De la planta del pie a la cabeza no queda parte ilesa» (Is 1, 6).
Mientras preparan los clavos y las cuerdas para crucificarlo, Jesús permanece de pie. Un despiadado soldado se acerca y, tirándole de la túnica, se la quita. Las heridas comenzaron a sangrar de nuevo causándole un terrible dolor. Después se repartieron los vestidos. Jesús queda desnudo ante la plebe. Le han despojado de todo y le hacen objeto de burla. No hay mayor humillación, ni mayor desprecio.
Los vestidos no sólo cubren el cuerpo, sino también el interior de la persona, su intimidad, su dignidad. Jesús pasó por este bochorno porque quiso cargar con todos los pecados contra la integridad y la pureza, y murió para quitar los pecados de todos (Hb 9, 28).
Jesús padece con los sufrimientos de las víctimas de genocidios humanos, donde el hombre se ensaña con brutal violencia, en las violaciones y abusos sexuales, en los crímenes contra niños y adultos. ¡Cuántas personas desnudadas de su dignidad, de su inocencia, de su confianza en el hombre!

Décima Estación
Jesús es clavado en la cruz
Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a Él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda (Lc 23, 33).
Habían conducido a Jesús hasta el Gólgota. No iba solo, lo acompañaban dos ladrones que también serían crucificados. Lo crucificaron; y, con Él, a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús (Jn 19, 18). ¡Qué imagen tan simbólica! El Cordero que quita el pecado del mundo se hace pecado y paga por los demás. El gran pecado del mundo es la mentira de Satanás, y a Jesús lo condenan por declarar la Verdad: su ser Hijo de Dios. La verdad es el argumento para justificar la crucifixión. Es imposible describir lo que padeció físicamente el cuerpo de Cristo colgando de la cruz, lo que sufrió moralmente al verse desnudo crucificado entre dos malhechores y sentimentalmente, al encontrarse abandonado de los suyos.
Jesús en la cruz acoge el sufrimiento de todos los que viven clavados a situaciones dolorosas, como tantos padres y madres de familia, y tantos jóvenes, que, por falta de trabajo, viven en la precariedad, en la pobreza y la desesperanza, sin los recursos necesarios para sacar adelante a sus familias y llevar una vida digna.

Undécima Estación
Jesús muere en la cruz
 «Jesús, clamando con voz potente, dijo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Y, dicho esto, expiró» (Lc 23, 46).
«Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas» (Jn 19, 33).
Era sábado, el día de la preparación para la fiesta de la Pascua. Pilatos autorizó que les quebraran las piernas para acelerarles la muerte y no quedaran colgados durante la fiesta. Jesús ya había muerto, y un soldado, para asegurarse, le traspasó el corazón con una lanza. Así se cumplieron las Escrituras: No le quebrarán ni un hueso.
El sol se oscureció y el velo del Templo se rasgó por la mitad. Tembló la tierra… Es momento sagrado de contemplación. Es momento de adoración, de situarse frente al cuerpo de nuestro Redentor: sin vida, machacado, triturado, colgado…, pagando el precio de nuestras maldades, de mis maldades…
Señor, pequé, ¡ten misericordia de mí, pecador! Amén.
Jesús muere por mí. Jesús me alcanza la misericordia del Padre. Jesús paga todo lo que yo debía. ¿Qué hago yo por Él?
Ante el drama de tantas personas crucificadas por diferentes discapacidades, ¿lucho por extender y proclamar la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida?

Duodécima Estación
El descendimiento de la cruz
«Pilatos mandó que se lo entregaran» (Mt 27, 57).
«José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia» (Mt 27, 59).
Cristo ha muerto y hay que bajarlo de la cruz. Acerquémonos a la Virgen y compartamos su dolor. ¡Qué pasaría por su mente! «¿Quién me lo bajará? ¿Dónde lo colocaré?» Y repetiría de nuevo como en Nazaret: «¡Hágase!» Pero ahora está más unida a la entrega incondicional de su Hijo: «Todo está consumado». Entonces aparecieron José de Arimatea y Nicodemo, que, aunque pertenecientes al Sanedrín, no habían tenido parte en la muerte del Señor. Son ellos quienes piden a Pilatos el cuerpo del Maestro para colocarlo en un sepulcro nuevo, de su propiedad, que estaba cerca del Calvario.
Cristo ha fracasado, haciendo suyos todos los fracasos de la Humanidad. El Hijo del hombre ha sido eliminado y ha compartido la suerte de los que, por distintas razones, han sido considerados la escoria de la Humanidad, porque no saben, no pueden, no valen. Son, entre otros, las víctimas del sida, que, con las llagas de su cruz, esperan que alguien se ocupe de ellos. 

Decimotercera Estación
Jesús en brazos de su madre
«Una espada te traspasará el alma» (Lc 2, 34).
«Ved si hay dolor como el dolor que me atormenta» (Lam 2, 12).
Aunque todos somos culpables de la muerte de Jesús, en estos momentos tan dolorosos la Virgen necesita nuestro amor y cercanía. Nuestra conciencia de pecadores arrepentidos le servirá de consuelo.
Con actitud filial, situémonos a su lado, y aprendamos a recibir a Jesús con la ternura y amor con que ella recibió en sus brazos al cuerpo destrozado y sin vida de su Hijo. «¿Hay dolor semejante a mi dolor?»
Y, mientras preparaban el cuerpo del Señor según se acostumbra a enterrar entre los judíos (Jn 19, 40) para darle sepultura, María, adorando el Misterio que había guardado en su corazón sin entenderlo, repetiría conmovida con el profeta:
«Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado? ¡Respóndeme!» (Mq 6, 3).
Al contemplar el dolor de la Virgen, hacemos memoria del dolor y la soledad de tantos padres y madres que han perdido a sus hijos por el hambre, mientras sociedades opulentas, engullidas por el dragón del consumismo, de la perversión materialista, se hunden en el nihilismo de la vaciedad de su vida.

Decimocuarta Estación
Jesús es colocado en el sepulcro
 «Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús» (Jn 19, 42).
«José de Arimatea rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó» (Mt 27, 60).
Por la proximidad de la fiesta, se dieron prisa en preparar el cuerpo del Señor para colocarlo en el sepulcro que ofrecieron José y Nicodemo. El sepulcro era nuevo, a nadie se había enterrado en él.
Una vez colocado el cuerpo sobre la roca, José hizo rodar la piedra de la puerta, quedando la entrada totalmente cerrada. Si el grano de trigo no muere…
Y, después del ruido de la piedra al cerrar el acceso al sepulcro, María, en el silencio de su soledad, aprieta la espiga que ya lleva en su corazón como primicia de la Resurrección.
En esta espiga recordamos el trabajo humilde y sacrificado de tantas vidas gastadas en una entrega sacrificada al servicio de Dios y del prójimo, de tantas vidas que esperan ser fecundas uniéndose a la muerte de Jesús.
Recordamos a los buenos samaritanos, que aparecen en cualquier rincón de la tierra para compartir las consecuencias de las fuerzas de la naturaleza: terremotos, huracanes, maremotos…

Oración del Papa a la Virgen
«Madre y Señora nuestra, que permaneciste firme en la fe, unida a la Pasión de tu Hijo: al concluir este Vía Crucis, ponemos en ti nuestra mirada y nuestro corazón. Aunque no somos dignos, te acogemos en nuestra casa, como hizo el apóstol Juan, y te recibimos como Madre nuestra. Te acompañamos en tu soledad y te ofrecemos nuestra compañía para seguir sosteniendo el dolor de tantos hermanos nuestros que completan en su carne lo que falta a la Pasión de Cristo, por su cuerpo, que es la Iglesia. Míralos con amor de madre, enjuga sus lágrimas, sana sus heridas y acrecienta su esperanza, para que experimenten siempre que la Cruz es el camino hacia la gloria, y la Pasión, el preludio de la Resurrección».


2 ago. 2011

Biografía Beata Madre María de la Purísima

Nacimiento
Su padre, Ricardo Salvat
Nació en Madrid, el 26 de febrero de 1926 en la calle Claudio Coello 23 (hoy 25), en el barrio de Salamanca, que en la época de posguerra era el domicilio habitual de familias distinguidas y adineradas. Fue bautizada en la Parroquia de la Concepción, en la calle Goya, a los siete días, con el nombre de María Isabel. Sus padres fueron Ricardo Salvat Albert, malagueño de nacimiento, y Margarita Romero Ferrer, madrileña. Fue la tercera de ocho hermanos. Su familia gozaba de una elevada posición económica gracias a la trayectoria laboral del padre: funcionario público, representante de varias multinacionales y empresario industrial.

Su madre, Margarita Romero

Infancia y adolescencia
La familia creció en un hogar cristiano. Su madre era un ejemplo de piedad y caridad, y procuró en todo momento una sólida educación cristiana para toda la familia. Tres tías de Margarita eran religiosas (Ángeles, de la Compañía de María y Carmen y María de los Ángeles de las Madres Irlandesas). María Isabel asistió al colegio de la Bienaventurada Virgen María (Madres Irlandesas) de la calle Velázquez, en Madrid. El 24 de mayo de 1932, a los seis años, en el colegio, hizo su primera Comunión. Confesaría más tarde que desde ese día, no había dejado de comulgar a diario, y lo recordaba con un agradecimiento inmenso al Señor por la predilección que había tenido con ella. De su etapa escolar se conservan sus calificaciones como prueba de su inteligencia, diligencia y constancia.

Al estallar la guerra civil española, en 1936 la familia se trasladó a Figueira de Foz, en Portugal. Desde allí, volvieron a instalarse en San Sebastián en 1938, y durante un curso académico María Isabel asistió al colegio de La Compañía de María. Terminada la contienda, la familia regresa a Madrid en 1939, y vuelven a residir en el barrio de Salamanca.

1942 es un año clave en su vida. Conoce a las Hermanas de la Cruz, en una de las visitas que ellas hacen para pedir por el barrio de Salamanca. Margarita, su madre, colaboraba asiduamente con varias organizaciones religiosas, y siempre recibió a las hermanas con cariño y generosidad. Las Hermanas, en varias de sus visitas al domicilio familiar, les narran la biografía de la Madre fundadora, e incluso permiten a María Isabel acudir un día al convento de la calle Rey Francisco, para contemplar su día a día. María Isabel se queda tan sorprendida e ilusionada con la vida de abnegación, pobreza y santidad de las Hermanas de la Cruz que ya, en aquel momento, siente la llamada de Dios. El 10 de diciembre de 1943 a los diecisiete años, recibe la medalla de Hija de María en el Colegio de las Madres Irlandesas, en Madrid. Las Hijas de María, de las que formó parte, era un grupo de escolares, comprometidas con hacer una buena labor “por la Virgen” todos los sábados (normalmente obras de caridad con los más desfavorecidos). Fue el inicio de su compromiso con la Santísima Virgen. Este espíritu Mariano, continuación de las enseñanzas de Santa Ángela, lo inculcará y potenciará más si cabe, posteriormente, en todo el Instituto de las Hermanas de la Cruz.

María Isabel Salvat Romero a los 17 años
El ambiente cultural y religioso en el que desarrolló su adolescencia estuvo marcado por una alegría constante, reflejo de una sencillez y claridad que mostraba la belleza de su alma. Joven elegante y sencilla, cautivaba y atraía por su mirada serena, bondadosa, simpática y ocurrente -aunque poco habladora-. Físicamente era atractiva y tenía muchas amigas, todas ellas pertenecientes a un nivel social alto, entre las que era muy querida. Acudió a fiestas y tuvo amigos pertenecientes a familias conocidas de sus padres. Siempre fue muy piadosa y sacrificada, por lo que no sorprendió cuando comunicó a sus padres la decisión de entregarse al Señor.
El 21 de julio de 1944 se examina y aprueba el bachillerato superior en la Universidad e Madrid.

Vocación
La vocación se le había despertado por el amor a los pobres y enfermos, por el ambiente educativo que recibió de las religiosas Madres Irlandesas y la Compañía de María, por el apoyo familiar fundamentalmente en la figura de su madre, y por la irrupción de las Hermanas de la Cruz en barrio de Salamanca. Esos mismos parámetros fueron vividos por otras muchas chicas, pero Dios sembró en ella la semilla de la vocación religiosa. Con el permiso de Margarita, su madre, viaja a Sevilla a conocer a las Hermanas de la Cruz. En la entonces calle Alcázares, en la Casa Madre, la recibe la hermana María Ignacia de la Cruz, maestra de novicias, y María Isabel vuelve a Madrid convencida de que desea iniciar su vida religiosa con las hermanas sevillanas. Renunciando a una vida llena de comodidades y una posición social óptima que le hubiera propiciado un sinfín de posibilidades laborales, personales y familiares, decidió ingresar en las Hermanas de la Compañía de la Cruz, en Sevilla, el 8 de diciembre de 1944, cuando contaba dieciocho años. Llegó acompañada de su madre, Margarita, a la que le preocupaba dejarla en una Congregación con Reglas austeras y estrictas. Pero María Isabel se encargó irla tranquilizando posteriormente con muchas cartas llenas de alegría y gozo por la felicidad que estaba viviendo como hermana de la Cruz.

Tomó el Santo Hábito el 9 de junio de 1945, con el nombre de Sor María de la Purísima de la Cruz. Presidió la ceremonia el Padre José María Marchiñena, Superior de los Padres Redentoristas de Madrid. Era entonces Madre General Sor Catalina de la Cruz de la Fuente. Desde estos momentos como novicia ya destacaba por un espíritu de entrega, talante dulce, sonriente, natural y sencillo, viviendo la pobreza y la humildad hasta sus últimas consecuencias. A todas las hermanas las trataba con gran cariño, sirviéndolas con alegría en los pequeños detalles de la vida de Comunidad. Nunca tuvo una palabra que pudiera molestar. Era sincera y paciente con todos. No quiso figurar en nada y hacía todo lo posible por pasar desapercibida.

El 15 de enero de 1947 falleció su padre, Ricardo Salvat. Hizo su Profesión Temporal el 27 de junio de 1947, en la Casa Madre de Sevilla. Presidió la Eucaristía el Padre Marino Mediavilla, misionero del Corazón de María, siendo Madre General Sor Catalina de la Cruz de la Fuente. En septiembre fue destinada a Lopera (Jaén) para hacerse cargo de la dirección del Colegio. Contaba con 21 años.

Novicia, con 18 años
Apostolado. Amor a la Santísima Virgen.
El 9 de diciembre de 1952 hace sus votos perpetuos en la Casa Madre de Sevilla. Presidió la ceremonia el Cardenal Segura, siendo Madre General Sor Marciala de la Cruz de la Cuadra. Ese mismo año convalidó sus estudios de bachiller superior y obtuvo el título de maestra de enseñanza primaria.

En sus diversos destinos, dio ejemplo de las virtudes que caracterizan a las Hermanas de la Cruz: sencillez, espíritu de sacrificio y abnegación, desprendimiento y pobreza. Tuvo en toda ocasión un gran amor a los enfermos y pobres y una entrega generosa hasta el límite.

En octubre de 1953 fue destinada a la casa de Estepa (Sevilla) ocupando el cargo de directora del colegio.

Como directora de varios colegios de las Hermanas de la Cruz, daba ejemplo a las alumnas limpiando el suelo, los servicios y siendo la primera en el trabajo. Les organizaba retiros, ratitos de oración, Comuniones Espirituales. Las alumnas comentarían, movidas por este modelo de vida: "¡Qué ganas de ser buenas entran con la Hermana María de la Purísima; parece una santa!"

A pesar de la educación exquisita y la preparación intelectual que había recibido, nunca quiso distinguirse por nada; al contrario, amaba y se hacía cargo de los trabajos más arduos y pobres, como ejemplo para quienes la rodeaban. Y más aún: en ese espíritu de sacrificio que contagiaba a todos, siempre gustó de pasar desapercibida y no hacerse notar en ninguna de sus acciones.

El 5 de agosto de 1956 viaja a Madrid para la ordenación sacerdotal de su hermano Roberto, que fue Vicario de la Prelatura Personal del Opus Dei en Caracas. El 2 de octubre de 1959 recibe el cargo de Superiora de la casa de Estepa (Sevilla).

El amor a la Santísima Virgen lo llevaba en lo más profundo de su alma, y ese ardor intentó transmitirlo siempre a las jóvenes. A las internas las motivaba preparando sus fiestas, practicando en su honor algún sacrificio que las llevara a vivir un poco mejor algunas de sus virtudes: fe, caridad, humildad... Inventaba con su ingenio alegre y sencillo infinidad de formas para alabar y honrar a Nuestra Madre, demostrándole el amor que sentía por Ella. Por y para la Virgen todo le parecía poco. No se cansaba de hablar de Ella ni de inculcar sus virtudes en el alma de las jóvenes.

Sencillez, alegría, pobreza
El 13 de diciembre de 1965 es nombrada Socia (auxiliar) de la Maestra de novicias. Durante los meses de verano de 1966 realiza un curso de teología en la escuela “Regina Virginum”. El 5 de octubre recibe el cargo de Maestra de novicias. Entre 1968 y 1969 realiza un curso de teología en la escuela diocesana de Sevilla. El 4 de junio de 1969 recibe el cargo de Provincial, y el 15 de julio comienza a ejercerlo visitando la casa de Chillón (Ciudad Real).

En comunidad se caracterizó por su sencillez y humildad. Fiel a la observancia de las Reglas, dejó entre las hermanas ejemplos vivos del espíritu de Santa Ángela. Destacó en el trato caritativo con todas y estuvo inagotablemente dispuesta a ayudar aunque tuviera que sacrificar su tiempo.

En los recreos era ocurrente y amena, sin alborotar. Sembraba alegría y paz en todos sus destinos, y constantemente luchó y trabajó por la unión de la comunidad. Con sus ejemplos, explicaciones y fidelidad hacia las cosas pequeñas, conseguía que sus palabras y acciones fueran ejemplos de vida. Su compañía dejaba en las hermanas paz en el alma y deseos grandes de vivir como ella.

Solía guardar silencio cuando alguna hermana se equivocaba. Sin perjuicio, callaba y disimulaba con naturalidad. Trabajó mucho por la unión y la paz de la Comunidad, consiguiéndolo a través del mejor ejemplo: el sacrificio y la renuncia del yo. Las palabras de Santa Ángela “No ser, no querer ser; pisotear el yo, enterrarlo si posible fuera" fueron una constante en su vida.

Madre María de la Purísima, educadora
Amaba la pobreza admirablemente en las cosas personales. Austera y pobre para sí, solía decir "de lo poco, poco". Cuando las hermanas intentaban cambiarle alguna ropa que tuviera deteriorada, siempre respondía: "Hay que aprovecharla hasta el final".

El 22 de octubre de 1970 es elegida tercera consejera general del Instituto. En Enero de 1971 realiza un curso intensivo sobre “Programación en la 1ª etapa de EGB” en el Instituto Calasanz de Ciencias de la Educación en Madrid. Ese mismo año, el 13 de septiembre, recibe el cargo de Superiora de la casa de Villanueva del Río y Minas (Sevilla). Entre 1972 y 1973 realizó un curso de especialización para el profesorado de EGB en el área de filología inglesa, en la delegación del Ministerio de Educación y Ciencia de Sevilla.

Generosidad extrema. Madre educadora.
Sobresalientes su delicadeza y caridad con los enfermos y pobres, a quienes consideraba sus "amos y señores". Era extremada en atenciones, según las necesidades de cada uno. Asistió y veló a infinidad de enfermos dejando en ellos una caridad y abnegación frutos de su amor a Dios.

Cada mañana, siendo Superiora de la casa de Villanueva del Río y Minas, trabajaba sin descanso en las Cuevas –barrio marginal de indigentes, donde muchas de las viviendas eran pobres “cuevas” próximas a los yacimientos mineros -. Allí, lejos del convento, asistía a las ancianas: lavándolas, curando sus heridas, haciéndoles la comida, lavándoles la ropa. En cada una de estas asistencias invariablemente escogía las tareas más penosas y arduas. ¡Cuántas veces se arrodilló ante ellas para lavarles los pies, curarles las llagas, poniendo en cada herida el bálsamo de su amor y caridad!. Al tiempo que las socorría físicamente, escuchaba sus penas y las aliviaba con cariño, comprensión y palabras de ánimo.

Su generosidad con los pobres fue extrema, llegando a darles, en ocasiones, los alimentos de la Comunidad, y confiando, como hiciera Santa Ángela, en la Divina Providencia. Trabajó incansablemente para hacer vida el ideal de Madre fundadora: "hacerse pobre con los pobres para llevarlos a Cristo".

Y si por la mañana entregaba su vida a los pobres y enfermos, por la tarde, con el mismo cariño, asistía a las alumnas impartiendo clases de inglés, y despertando en ellas un gran entusiasmo e ilusión por su formación y educación. Es admirable que llevando una vida de entrega máxima a los pobres, necesitados, la Congregación y las alumnas, aún lograra tiempo para seguir formándose y adaptándose a las necesidades educativas de los nuevos tiempos.

Acogía a todas las niñas que llamaban a sus puertas con alguna dificultad familiar, pobreza o desamparo. A todas quería, y con una caridad exquisita sabía sacarlas de la miseria material y también espiritual, preocupándose de sus almas e infundiendo en ellas el amor a Dios y a la Santísima Virgen. Como madre buena las cuidaba, y las niñas se sentían apoyadas y queridas por el cariño y confianza que ella les mostraba. Se inclinaba siempre a las más débiles, las más discapacitadas y faltas de valores naturales. Sin consentirles caprichos, las educaba como una madre cristiana, ofreciéndoles todo cuando necesitaban para una auténtica educación integral, de la que tanto se habla hoy, y de la que la Madre Purísima nos regaló el mejor manual docente posible: el ejemplo de su vida.

Madre General. Últimos días
El 11 de febrero de 1977 es elegida Madre General en el XIII Capítulo General ordinario, presidido por Cardenal Bueno Monreal.

Fue reelegida en tres Capítulos consecutivos. Durante los veintidós años que sirvió al Instituto como Madre General, aparece siempre como fiel seguidora del espíritu de su fundadora, Santa Ángela de la Cruz.

En 1978 inició las gestiones encaminadas para la fundación de la Casa de las Hermanas de la Cruz en Puertollano (Ciudad Real), que concluyeron el 4 de noviembre de 1980. En 1979 obtuvo el título de Ayudante Técnico Sanitario, concedido por el Ministerio de Educación y Ciencia en Madrid.

Madre María de la Purísima
En 1980 asistió a Roma a la celebración de la vida religiosa que presidió el Santo Padre Juan Pablo II, quien bendijo al Instituto de las Hermanas de la Cruz. Un año después, el 27 de octubre, tuvo la oportunidad de asistir a una Eucaristía en la capilla privada del Papa Juan Pablo II, al que entregó el libro “Escritos Íntimos” de Sor Ángela de la Cruz (que sería beatificada por él un año más tarde, y que en aquel momento era Venerable).

En 1982 dio los pasos para la fundación de la casa de Huelva (en la barriada de Las Colonias).

El 2 de agosto de 1982, el Arzobispo de Sevilla, Carlos Amigo Vallejo, le comunicó la esperada y feliz noticia de que la beatificación de Sor Ángela de la Cruz tendría lugar en Sevilla. El 29 de octubre, en una ceremonia presidida por el Arzobispo de Sevilla, el cuerpo incorrupto de Sor Ángela fue trasladado desde la cripta del convento de la Casa Madre hasta el sepulcro que le fue habilitado en la iglesia para que pudiera ser venerada por los fieles. En noviembre de ese año participó en los actos de la beatificación de Sor Ángela de la Cruz por su Santidad el Papa Juan Pablo II, a quien tuvo la oportunidad de volver a saludar personalmente y recibir su bendición. Igualmente participó en el triduo solemne de acción de gracias por la Beatificación de Sor Ángela que se celebró en la Santa Iglesia Catedral de Sevilla. El 16 de noviembre marchó a Roma con un grupo de Hermanas para asistir al triduo de acción de gracias celebrado en la Iglesia del Santo Nombre de Jesús en Roma (Chiesa del Sacro Nome di Gesù).

En 1983 fue reelegida Madre General del Instituto en el XIV Capítulo General ordinario, presidido por el Arzobispo de Sevilla Carlos Amigo Vallejo.

En 1984 realizó las fundaciones de las casas de Reggio Calabria en Italia y otra en Cádiz.

En 1987 realizó una fundación en Lugo.

En 1989 es reelegida nuevamente Madre General del Instituto en el XV Capítulo General ordinario presidido por el Arzobispo de Sevilla Carlos Amigo Vallejo. Dicha reelección tuvo que ser aprobada por El Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada en Roma, ya que, de acuerdo con las Constituciones del Instituto, un tercer sexenio como Madre General debía ser postulado a la Santa Sede. La aprobación llega de Roma el 19 de septiembre.

En 1990 realiza una fundación en Linares (Jaén). Ese mismo año, con su decidido impulso y carisma se aprueba la adaptación de las Constituciones del Instituto a la nueva normativa del Código de Derecho Canónico de 1983. La aprobación llega el 22 de junio.

En 1994 le diagnostican un cáncer en el pecho. En las dos semanas de convalecencia mantuvo su sonrisa, aceptando la enfermedad con abnegación cristiana y fortaleza. Recibió quimio y radioterapia y se restableció, de momento, satisfactoriamente.

En 1995 vuelve a ser reelegida por unanimidad Madre General del Instituto en el XVI Capítulo General ordinario, por el Arzobispo de Sevilla Carlos Amigo Vallejo. Nuevamente se pide a Roma autorización, que es concedida el 4 de octubre.

En 1997 fallecen su madre, Margarita Romero, y su hermana María del Carmen Salvat. El 11 de octubre de ese mismo año realiza una fundación en Alcázar de San Juan (Ciudad Real).

Madre María de la Purísima
Cuatro años después de su operación del tumor en el pecho, volvió a recaer por la enfermedad. Volvieron las sesiones de quimioterapia, pero esta vez el cáncer estaba extendido. Le diagnosticaron hígado metastático, ascitis, cálculos en la vesícula y metástasis en el pulmón. Cuando lo supo demostró una entereza colosal. Ese mismo día, tras volver en silencio al Convento, comenzó a dirigir una tanda de ejercicios espirituales y conversó una a una con todas las ejercitantes, como era su costumbre. Al día siguiente intentó iniciar otra tanda pero no la pudo terminar. El doctor Enrique Murillo, su médico, solicitó a las hermanas que la llevaran al hospital, pero estaba ya tan débil que el simple ejercicio de caminar le era dificultoso porque se asfixiaba. Tras prescribirle unas inyecciones, logran reanimarla, y llevarla a la consulta. Allí requiere con firmeza al Dr. Murillo que “no dude en decirle la verdad”. El médico le comunica que su fin es inminente, ya que tiene “afectación masiva del hígado”. Al saberlo, y sin dejar de sonreír, dijo: “Tengo que exclamar, como el salmo: “Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor”. El médico le propuso una nueva quimioterapia, como única solución para mitigar los efectos del cáncer extendido, y paliar la situación, pero ella la supeditó a la decisión de las hermanas Consejeras. Al llegar al Convento sonreía como si no hubiera pasado nada. Sentada entre las hermanas les lee y comenta una carta sobre la pobreza, escrita unas semanas antes, como preparación al 5 de noviembre, fiesta de sor Ángela. Acude con las Consejeras al refectorio de la comunidad, en la que sería su última cena. Se negó en rotundo a que, desde Coria del Río (Sevilla), llegara una hermana para poder atenderla en su enfermedad (“sería mal ejemplo para todas las hermanas” –dijo). Habló entonces del “sacrificio virgen”, consistente en soportar el sufrimiento “no sólo sin quejas interiores, sino también sin que nadie pueda advertir lo que cuestan”, y nos regaló, de esta forma, una nueva y santa forma de entender el sufrimiento humano ofrecido a Dios. “A imitar a Cristo crucificado hemos venido a la Compañía, la Cruz es nuestra vocación” –terminó diciendo.

Hermanas portando el féretro de Madre María de la Purísima
Las hermanas sabían que se acercaban sus últimos momentos. Todas las que estaban en la Casa Madre pasaron a besarle la mano y a pedirle su bendición, en un silencio y llanto contenido impresionantes. A las nueve y media del sábado 31 de octubre de 1998, con 72 años de edad, partió para la “Casa del Señor”.

El 1 de noviembre el cadáver de Madre Purísima es expuesto en la iglesia de la Casa Madre, y recibe la veneración de sus hijas y de los fieles devotos.

El día 2 tuvo lugar la Santa Misa “corpore insepulto” en la Iglesia del Convento, que fue presidida por el Arzobispo de Sevilla Carlos Amigo Vallejo y concelebrada por 49 sacerdotes. Igualmente una gran multitud de fieles llenó a rebosar los patios, la portería y la calle Santa Ángela de la Cruz. No podía accederse a la Iglesia, que estaba completamente ocupada por las Hermanas de la Cruz, provenientes de todos los puntos de la geografía.

Entre rezos y cánticos el ataúd fue portado por las Hermanas, en una improvisada y pequeña procesión que la llevó por los corredores del Convento hasta la escalerilla de la cripta. Allí fue descendida hasta el mismo lugar que ocupó Santa Ángela durante 50 años, y se le dio sepultura.

Beatificación
El 16 de diciembre de 1999, ante la insistencia de muchos seglares, sacerdotes, religiosos y religiosas de diferentes congregaciones para que se iniciara el Proceso Diocesano de Canonización, las Hermanas de la Cruz, reunidas en sesión del Consejo General, decidieron solicitar al Arzobispo de Sevilla solicitud de dispensa del tiempo oportuno para que fuera elevado a la Congregación para las Causas de los Santos.

Cartel oficial Beatificación
Se iniciaba así un largo proceso que culminó el 27 de marzo del 2010, en el que su Santidad el Papa Benedicto XVI firmó el “Decreto del Milagro” para la Beatificación de la Madre María de la Purísima. El 17 de enero de 2009 fue ya declarada Venerable.

Ana María Rodríguez Casado, de La Palma del Condado (Huelva), fue la niña del milagro, cuya asombrosa curación se debe a la intercesión de la Madre María de la Purísima. Era el último eslabón para poder iniciar el camino oficial hasta la Santidad. En 2004 con cuatro años, un catéter del marcapasos de Ana María (con el que vivía desde los 13 meses, por haber nacido con una grave cardiopatía) se rompió, lo que le provocó una parada cardiorrespiratoria que a punto estuvo de acabar con su vida. Fue ingresada en la UCI, en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, donde sufrió el síndrome de Stoke-Adams, un edema agudo de pulmón y múltiples secuelas neurológicas a consecuencia de la falta de oxígeno en el cerebro. Volvió a su casa en sillas de ruedas, sin poder hablar ni reconocer a nadie. Su abuela se encomendó entonces a Madre María de la Purísima y su madre, Paloma Casado, le pasó por la cabeza una estampa de la Madre que le habían dado las Hermanas de la Cruz. Tan pronto como empezaron la abuela y la madre a hacer la novena, la niña se recuperó plenamente. Su evolución fue milagrosa y los médicos que la atendieron confirmaron un hecho “no previsible y difícilmente explicable”.

Ceremonia Beatificación
El 18 de septiembre de 2010 fue beatificada en una multitudinaria Misa presidida por Monseñor Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos en la que estuvieron presentes los Cardenales Carlos Amigo Vallejo -emérito de Sevilla-, Antonio María Rouco Varela -de Madrid-, Agustín García-Gasco -emérito de Valencia- y el Arzobispo de Sevilla. La celebración tuvo lugar en el Estadio Olímpico de la Cartuja en Sevilla y estuvo presidida por la imagen de Nª Sª de la Esperanza Macarena por su gran vinculación con la congregación de las Hermanas de la Cruz.

Ceremonia Beatificación
La fórmula de beatificación en nombre del Santo Padre Benedicto XVI fue: “Nos, acogiendo el deseo de Nuestro Hermano Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla, así como de otros muchos hermanos en el Episcopado y de numerosos fieles, después de haber consultado el parecer de la Congregación para las Causas de los Santos, con Nuestra Autoridad Apostólica, concedemos que la Venerable Sierva de Dios María de la Purísima, religiosa, de la Congregación de las Hermanas de la Compañía de la Cruz, la cual, iluminada por la sabiduría de la Cruz, dedicó su vida al servicio de los pobres y de los enfermos y a la educación cristiana de la juventud, de ahora en adelante pueda ser llamada Beata y que se pueda celebrar su fiesta en los lugares y, según las normas establecidas por el Derecho, el 31 de octubre de cada año, día de su nacimiento para el cielo. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 13 de septiembre del año del Señor 2010, sexto de Nuestro Pontificado.”

1 ago. 2011

Biografía Sor Ángela de la Cruz - Santa Ángela de la Cruz

Nacimiento e infancia
Nació en Sevilla, el 30 de enero de 1846, en la plaza de Santa Lucía, número 5 (lugar que puede visitarse, y que permanece cuidado, como reliquia, por las hermanas de la Cruz). Sus padres fueron Francisco Guerrero y Josefa González, de origen muy humilde. Francisco, cardador de lana de Grazalema, aficionado a los libros devotos, honrado y recto en su trabajo y en su vida. Josefa, costurera, nacida en Sevilla, a quien las primeras hermanas de la Cruz llamaban cariñosamente "la abuelita" siendo ya anciana: una cristiana virtuosa, muy trabajadora y limpia pese a su pobreza, que dejaría su sello de piedad y ejemplaridad en la educación de toda la familia.

Casa Natal Santa Lucía 5 (Sevilla)
Tuvieron catorce hijos, de los que sólo sobrevivieron seis (José, Antonio, Francisco, Joaquina, Dolores y nuestra Ángela). Cuando nació Ángela, sus padres trabajaban asistiendo a los frailes Trinitarios: Francisco, como cocinero, y Josefa de lavandera y costurera. Ángela fue bautizada el 2 de febrero de 1846, a los tres días de nacer, en la iglesia de Santa Lucía (hoy desaparecida). La pila bautismal se conserva en la casa natal, en Santa Lucía 5. Ángela nació y se educó en un ambiente devoto. En casa tenían un pequeño altar para rezar el rosario en el mes de mayo. La familia también tenía a su cargo un altar en la parroquia vecina, consagrado a la Virgen de la Salud. Para los hijos, este altar era una prolongación de su propia casa. En la Casa Madre se venera con especial devoción una pequeña Virgen de la Salud, proveniente originalmente de la iglesia de Santa Lucía, donde fue bautizada Ángelita, y a la que solía acudir en sus rezos diarios, siendo una niña.

Su educación escolar fue mínima: algo de lectura, escritura, aritmética y el catecismo. Probablemente asistió a algunas clases que señoras particulares ofrecían en la época en sus propias casas, a cambio de una pequeña compensación económica. Pronto tendría que dejarlas porque la familia no podía permitírselo y se le requería en las labores de la casa. Sin embargo, su falta de instrucción la supo siempre compensar con una inteligencia natural vivísima y un corazón grande y generoso.

La “Zapaterita”
Para conseguir algunos recursos económicos, y así poder ayudar a la familia, a los 12 ó 13 años entró de aprendiza en el taller de confección de calzado de doña Antonia Maldonado, en la entonces calle del Huevo. Su propietaria, doña Antonia, era una persona piadosa, y solía finalizar el trabajo, todas las tardes, con el rezo del rosario. Ángela, la “zapaterita” destacó siempre por su empeño y habilidad para el trabajo encomendado. Pero Dios tenía otros planes para ella.

Sor Ángela
Su religiosidad y espiritualidad fueron precoces. A los 15 años dormía encima de una tabla sobre la cama. A pesar de su fragilidad, realizaba ayunos y utilizaba el cilicio (en forma de corona de espinas bajo el pelo). En el taller de calzado todos los viernes se privaba de su comida y la daba a los pobres. Arrodillada delante de sus compañeras, les suplicaba algo de pan para poder añadirlo a su limosna.

Una tarde, en el taller, en la habitación donde rezaban el rosario, la encontraron arrodillada en oración, extasiada, milagrosamente suspendida sobre el suelo. Doña Antonia pidió a las demás operarias que no interrumpieran este momento y prosiguieran su tarea. Al día siguiente puso este hecho extraordinario en conocimiento de su confesor, el padre don José Torres Padilla, quien manifestó su deseo de conocer a Angelita.

Vocación
El padre Torres fue una figura clave para consolidar la vocación y dirigir la vida espiritual de Angelita. Desde el primer momento descubrió sus cualidades y la animó a continuar el apostolado con los pobres. A los 16 años, Angelita ya frecuentaba las visitas a los pobres y enfermos. Entre ellos se encontró con una mujer muy grave, con tumores y llagas en los pechos por la leche retenida en ellos. Una intervención quirúrgica podía salvarla, y Angelita intentaba convencerla de ello, pero la mujer se negaba. Sin pensárselo dos veces, Angelita chupó sus llagas y extrajo la pus. La enferma sanó tras esta heroica acción, aunque se llevó la reprimenda del padre Torres porque la imprudencia podía haberle costado la salud.

Padre Torres Padilla
Hasta los 19 años compaginó la vida en familia con sus padres, el trabajo en el taller de calzado y una vida dedicada a la oración y la atención a los pobres y necesitados. En este clima de intensidad espiritual surgió su vocación religiosa. A los 19 años pensó en ingresar como lega en un convento. El padre Torres le facilitó una carta de recomendación para la superiora de las Carmelitas Descalzas. Sin embargo, su fragilidad física, pensaron, no podría soportar los duros trabajos físicos de las hermanas legas…y no fue admitida.

En 1869, cuando contaba 23 años, Angelita entró como postulante en el Hospital de las Hijas de la Caridad en Sevilla, poco después de que el padre Torres marchara a Roma, como consultor del Concilio Vaticano I. En las Hijas de la Caridad pasó el postulantado y tomó el hábito de novicia. Pero su salud comenzó a resentirse, padeciendo de vómitos continuados. La mandan a Cuenca, y de allí a Valencia, en un intento de que su salud mejorase con el cambio de aires, pero sigue frágil, sin restablecerse, e incapacitada para seguir esta vida religiosa.

Hacerse pobre con los pobres
Angelita volvió a Sevilla con el desánimo de no poder materializar su vocación religiosa. El padre Torres no regresaría hasta 1870, y a su vuelta, fue nombrado canónigo de la catedral. Con este cargo pudo continuar con sus actos de generosidad extrema con los más desfavorecidos. Angelita se restableció -contaba que fue gracias a que la “abuelita” le dio de comer unos “soldaditos de pavía”, fritura de bacalao y harina- y en 1871, el día de Todos los Santos, pone por escrito el propósito de vivir su vocación religiosa en el mundo, ya que había fracasado intentándolo recluida en un convento. Escribirá: “Hoy, 1 de noviembre de 1871, hago propósito yo, María de los Ángeles Guerrero, a los pies de Jesucristo crucificado, de vivir conforme a los consejos evangélicos…imitar la vida oculta de Jesús en lo exterior; y en lo interior vivir crucificada con Jesús.” En 1873 pidió permiso al padre Torres para firmar como Ángela de la Cruz, apellido que le acompañaría desde entonces para siempre.

Sor Ángela. Óleo de Cárceles.
Entre sus pensamientos estaba “hacerse pobre con los pobres para atraerlos a Cristo”, constituyendo un Instituto religioso que “abrazara voluntariamente y por amor a Dios y a los pobres y las penalidades de la pobreza”. Estamos ante la semilla de su vocación y de su gran obra. El padre Torres le pidió que pusiera estos pensamientos por escrito. Tras el trabajo en el taller, cada noche, fue puntualmente dando forma al proyecto que ansiaba instituir. Las faltas de ortografía las compensaba con un lenguaje sencillo, espontáneo, directo del alma.

En 1875, el día de la Inmaculada, solicitó al padre Torres autorización para realizar votos perpetuos. De esta forma, y con el consentimiento de su confesor y guía espiritual, quedó consagrada a Dios. Su proyecto aún no estaba maduro, y el padre Torres vuelve a pedirle que siga escribiendo el proyecto fundacional de la Compañía de la Cruz.

Ángela era consciente de que una vida de austeridad y consagración a los pobres sería rigurosa y difícil de llevar a cabo para las hermanas que formaran parte del proyecto. Pensó en que tales dificultades se mitigarían disponiendo una figura de la Virgen en el centro de su futuro convento, “nuestra amadísima Reina en un altar, en un trono de gloria, radiante de hermosura”. Camino de su casa, tras el trabajo en el taller, la Santísima Virgen se le apareció, suspendida en el aire, bellísima, sirviendo de consuelo para todas sus preocupaciones. Su rostro “amable y hermoso” fue la respuesta final que Ángela necesitaba.

Algunos de sus escritos nos describen las intenciones para el proyecto que está a punto de crearse. A Ángela le gustaría que las hermanas fueran “desprendidas de todo, hasta de ellas mismas, sin tener más terreno ni más ropa que la puesta y esta de limosna…para que en nada pueda apegarse el corazón. Ocultas y desconocidas, y sin ninguna apariencia que las haga más particulares que las demás, que formen una comunidad de una vida extraordinaria por su penitencia, su obediencia y su mortificación en todo.”

Inicio de la Compañía de la Cruz
En 1875 Ángela deja definitivamente el taller de calzado y se centra en su nuevo proyecto. Sus primeras compañeras de viaje fueron Josefa de la Peña, que solía acompañar a Ángela en las visitas a los pobres, Juana María de Castro (la futura hermana Sacramento) y Juana Magadón, que aportan mucha ilusión, trabajo abnegado y los pocos bienes de los que disponen para la Compañía de la Cruz en ciernes. El padre Torres le confiere a Ángela el título de Hermana Mayor, título al que renuncia y transfiere a la Virgen María. Alquilan una pequeña habitación en la calle San Luis número 13, donde se instalan e inician la andadura como comunidad.

El 2 de agosto de 1875 las cuatro primeras hermanas de la Cruz, tras oír misa en Santa Paula y comulgar con el padre Torres, comienzan su primera jornada. Van pobremente vestidas, en parejas, en silencio, como será la norma desde ese momento. Visitan a los pobres para llevarles unos pequeños obsequios. Están celebrando una pequeña fiesta inaugural de la Compañía. Esa misma noche, cuando llegan a la habitación de la calle San Luis, la despensa está vacía. Así, ayunando, y dándole gracias a Dios por su primer día, duermen radiantes de felicidad en unas humildes esterillas.

En los meses siguientes apenas recogen dinero para subsistir y seguir ayudando a los pobres y enfermos. Tras muchas gestiones y la ayuda, entre otros, del hoy beato don Marcelo Espínola, que sería obispo de Coria y cardenal arzobispo de Sevilla más tarde, se trasladan a una pequeña casita en la calle Hombre de Piedra número 8. Con más espacio que en la primitiva ubicación, las hermanas asientan la infraestructura imprescindible para consolidar su obra. En Navidad, por disposición del cardenal Lastra, las hermanas comienzan a vestir el hábito sencillo ideado por Sor Ángela, signo de su consagración a la causa de los pobres: bayeta parda, con escapulario, cordón franciscano, toca blanca y alpargatas de estameña.

Consolidación del Instituto
El 5 de abril de 1876 el cardenal Lastra aprueba el Instituto. Ese mismo año, desde Roma, llega la autorización para la celebración de la Santa Misa y la reserva de la Eucaristía en la capilla del convento de la calle Hombre de Piedra, y en todas las futuras casas de la Compañía.

Poco a poco Sevilla las va conociendo. Suscitaban en aquel momento, como lo siguen haciendo hoy, el cariño y la admiración de todos por su vida sencilla llena de amor a los pobres. Con motivo de la epidemia de viruela de 1876 (que coincidió con las temidas inundaciones del río Guadalquivir) su labor testimonial fue inmensa, y quedaría grabada para siempre en la memoria de todos los sevillanos. Extendieron su obra asistencial (no prevista inicialmente en los estatutos de la Compañía) en atender y recoger a las niñas huérfanas de los enfermos que socorrían. Ese año con la hija de un obrero -que les había pedido, antes de morir, que no la abandonaran-, inician su primera experiencia de internado. Encarnación, la cuarta niña acogida por las hermanas, sanó de unos vómitos de sangre siendo velada en su sueño, durante toda una noche, por sor Ángela. Con el tiempo ingresaría en el Instituto con el nombre de hermana Ángeles, por el cariño hacia la fundadora.

Arzobispo Lluch
En 1878 falleció el padre Torres Padilla tan santamente como vivió. Pero Dios no abandona a Sor Ángela. El padre José Álvarez Delgado, hijo espiritual y discípulo del padre Torres, le sucedió en el puesto de director de la Compañía. Vivió intensamente la espiritualidad de las hermanas, con gran entrega y entusiasmo, y hasta su muerte llevó bajo la sotana el escapulario de hermano de la Cruz. Fue en 1878, durante una misa del padre Álvarez, cuando sor Ángela pronunció sus votos perpetuos. Sería también el padre Álvarez el que redactara, basándose en los escritos de sor Ángela, las Constituciones de las Hermanas de la Cruz, que fueron aprobadas por el arzobispo Lluch. En unos ejercicios espirituales para las hermanas, sor Ángela escribió: “La primera pobre, yo”. Era el mensaje que quería transmitir al Instituto, y que no dejó de recalcar durante toda su vida, especialmente a las hermanas novicias: “Pobres de hecho y de deseo hemos de ser al pie de la cruz, para servir en su Instituto…comer de vigilia, y a veces de lo que a los demás le sobra…como pobres limosneras; dormir sobre tablas, viajar en tercera, no dispensarnos de ningún trabajo material dentro y fuera del convento por humillante y pesado que sea…y llevar todo esto con alegría, ofreciéndoselo a Dios”.


Monseñor Marcelo Espínola
En 1880 el padre Marcelo Espínola es nombrado obispo auxiliar. Su labor será de gran apoyo para las Hermanas de la Cruz. En 1881 se trasladan a una nueva casa en la calle Cervantes número 12, gracias a las ayudas de muchos benefactores, entre ellos el arzobispo Lluch. Ese mismo año sor Ángela es nombrada Madre General (en vez de Hermana Mayor), aunque todas continúan llamándola “Madre”. En 1882 fallecen el padre Álvarez Delgado y el arzobispo Lluch. La Compañía queda, momentáneamente sin director. En 1883 monseñor Spínola nombra al Padre José Rodríguez Soto como nuevo director espiritual de las Hermanas, cargo que desempeñó durante 24 años. Se cuenta que probó la virtud de sor Ángela, a quien tanto admiraba, en diversas ocasiones, tratándola con severidad. Sor Ángela siempre acató la dirección del Padre Rodríguez Soto con su humildad característica. En aquellos días, sor Ángela propuso colocar una silla especial, entre las Hermanas, y sobre ella, una estampa de la Virgen, a quien siempre consideró la verdadera Superiora de la Compañía. Esta Virgen de la Silla, presidió desde entonces las reuniones dentro de la Casa, y a su paso, las hermanas, depositaban sobre ella un cariñoso beso.

San Benito José Labre
En 1887 se trasladan a la definitiva casa de la calle Alcázares (hoy Santa Ángela de la Cruz). Se trataba de una antigua casa palacio propiedad del marqués de San Gil. Se consiguió gracias a miles de donativos, entre ellos el de doña Emilia Riquelme, la que fuera fundadora de las Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada. Cuando en su familia le recriminaron tan cuantioso donativo a las hermanas, ella contestó: “No os preocupéis. No he perdido nada. Lo he depositado en un banco que no quiebra”. En 1890 el arzobispo Sanz y Forés pidió a las Hermanas que revisaran las Constituciones para adaptarlas a las nuevas normas de derecho canónico. Con la ayuda del padre Soto, las nuevas Constituciones fueron remitidas a Roma para solicitar la aprobación pontificia. Como la aprobación se retrasaba, en 1894 sor Ángela viajó a Roma para alentar el proceso, pero tampoco pudo conseguirlo. De su viaje a Roma destaca su fascinación, tal y como recogen sus cartas, por la figura del santo mendigo, San Benito José Labre, que pasó toda su vida como “mendigo entre los mendigos”. Ese mismo año monseñor Marcelo Spínola fue nombrado arzobispo de Sevilla, lo que fue celebrado con alegría entre las Hermanas de la Cruz, por su vinculación y compromiso con el Instituto. Nuevas casas se abrían en Villafranca (Badajoz), Arjones, Zalamea de la Serena y Fuentes de Andalucía. En 1897 falleció la infanta María Luisa Fernanda de Borbón y Borbón en el palacio de San Telmo. Fue amortajada y enterrada en el Escorial con el hábito de las Hermanas de la Cruz, por su vinculación y amistad personal con sor Ángela.

En cierta ocasión, en el internado se quedaron sin más pan que el del refectorio para la cena de la comunidad. La hermana San Agustín, cocinera, corrió a buscar a sor Ángela hasta el Oratorio, para comunicárselo. Sor Ángela sonríe. No hay que preocuparse. Sigue orando. Al rato reciben una visita del juzgado de la plaza de la Encarnación anunciándoles que podían ir a recoger una espuerta de pan como limosna para las hermanas. Los panes se habían multiplicado para las niñas internas del Instituto. La precariedad de su economía se resentía en multitud de ocasiones, y el día a día se hacía difícil. A menos que ocurrieran cosas extraordinarias, como cuando les llegó una factura del panadero de 250 pesetas, y no tenían dinero para pagarla. Sor Ángela, en aquella ocasión, rogó al panadero que volviera a cobrar la cuenta un poco más tarde. Al rato, en la portería se recibía anónimamente un sobre con una limosna, una limosna de exactamente 250 pesetas para pagar la cuenta del panadero.

Aprobación definitiva
En 1898 el Papa León XIII firmó el “Decreto de Alabanza”, por el que el Instituto de las Hermanas de la Cruz iniciaba el camino para ser aprobado definitivamente por la Santa Sede. Esta aprobación no llegó hasta junio de 1904 y fue ratificada por el Papa Pío X, su sucesor. La conformidad pontificia con los Estatutos, no obstante, había suprimido el cargo de director, por lo que, desde la muerte del padre Rodríguez Soto en 1906, sor Ángela quedó sola al frente de la Compañía. Contaba en aquel momento 61 años, y su trabajo tuvo que multiplicarse, como también lo hizo su correspondencia con las diferentes casas. Se conservan más de 5.000 de aquellas cartas que sor Ángela escribió. En muchas ocasiones se trata de auténticas guías espirituales para las hermanas. En 1908 llegó la aprobación definitiva de las Constituciones.

Papa Pío X
En 1912 sor Ángela cayó gravemente enferma. Todas las hermanas pensaron que llegaba el último momento. Se le administraron los últimos sacramentos, pero se recuperó y volvió a su trabajo diario, con renovadas fuerzas. En 1925 se cumplían las bodas de oro de la Congregación. Sor Ángela resumió en tres palabras las características del Instituto de las Hermanas de la Cruz: “pobreza, limpieza, antigüedad”. En aquel año las inundaciones del río continuaban asolando Sevilla, y las hermas de la Cruz volvían a regalar todo un ejemplo de vida y caridad con los más necesitados.

En 1928 sor Ángela cesa como Madre General, por razón de edad, tal y como recogían las nuevas Constituciones. Ella siempre aceptó y acató esta decisión. Quedó como “superiora general honoraria” y el nuevo título de Madre General recayó en la hermana Gloria. Pese a su avanzada edad, continuaba trabajando en la cocina de la comunidad, y cumpliendo rigurosamente con los horarios (entre ellos el de levantarse a las cuatro y media de la madrugada). Se le habilita, por deseo suyo, un pequeño cuartito abierto en el hueco de una escalera, con la intención de pasar desapercibida y ser, poco a poco, olvidada. En la sala de labor se encargaba de recordar a las hermanas la “meditación del día”. Como la describe la entonces nueva Madre General, la hermana Gloria, en una carta circular a todas las casas “Madre, cada día más santa”. Cuando le Ayuntamiento de Sevilla, en noviembre de 1928, obsequia a las hermanas con dos lápidas de mármol blanco, una con inscripciones de alabanza para el Padre Torres y otra para sor Ángela, la suya fue a parar, vuelta al revés, como mesa en la enfermería del noviciado, siguiendo sus instrucciones. Iba contra sus principios de hacer el bien “en silencio, sin publicidad; trabajando ocultas como si estuviéramos bajo tierra”.

Últimos instantes
El 7 de junio de 1931 sufrió una grave embolia cerebral, después de hacer sus oraciones y oír misa, camino del refectorio para desayunar. Sus últimas palabras fueron: “No ser, no querer ser; pisotear el yo, enterrarlo si posible fuera”. La humildad, la humildad siempre. Después de pronunciarlas estuvo nueve meses sin poder hablar, mientras esperaba con resignación que le llegara el momento de visitar la Casa del Padre. Le había pedido a Dios que le dejara un año de preparación para la muerte. En sus Papeles de Conciencia en 1875, a modo de testamento, señalaba cómo deseaba su camino hacia el Señor: “Es mi voluntad que en mi última enfermedad no me asista ningún médico…que no me muevan de la tarimita…que me dejen como esté vestida…que así expire, llamen a los sepultureros… poniéndome en la caja más vieja y mala que encuentren…y que nadie me acompañe…y cuando se enteren que la hermana Ángela ha estado mala, que ya esté yo enterrada. Es mi última voluntad, no obstante, para ser obediente hasta después de mi muerte, entrego mi cuerpo a la obediencia”. No podrían cumplirse la mayor parte de estas cláusulas, salvo la de la obediencia final.

Falleció el miércoles 2 de marzo de 1932 a las tres menos veinte de la madrugada. Abrió los ojos, alzó sus brazos hacia el cielo y suspiró en tres ocasiones, al tiempo que mantenía una dulce sonrisa en los labios.

Sevilla se despertó esa mañana con la triste noticia. En toda la ciudad se anunciaba que acababa de morir una santa. Una gran muchedumbre se agolpó a las puertas del convento desde primera hora. Al alba las hermanas habían bajado el cuerpo de Madre y lo habían situado en la capilla, sobre la misma tarima donde falleció. En la celebración matinal no hubo lectura de meditación. No hacía falta. El cuerpo de sor Ángela era la mejor reflexión para todas las hermanas. Se abrieron las puertas para los fieles. Y el pueblo quiso despedirla en procesión sin fin hasta las diez de la noche. Y así desde el miércoles hasta el sábado de esa semana. Se calcula que más de 70.000 personas desfilaron ante el cuerpo de sor Ángela. El alcalde de Sevilla, D. José González Fernández de Labandera, atendiendo a “las circunstancias excepcionales que concurren, y dada la obra eminentemente humanitaria y caritativa que desarrolló en vida”, permitió que fuera enterrada en la cripta de la casa Generalicia de Sevilla. Además el Ayuntamiento republicano de Sevilla acordó por unanimidad dar el nombre de Sor Ángela de la Cruz a la antigua calle Alcázares.

Sor Ángela trasladada desde la Casa Madre hasta la Catedral de Sevilla


El sábado estaba previsto el entierro. En caso de corrupción del cadáver durante los tres días que estuvo expuesto públicamente, los responsables médicos tenían instrucciones de embalsamarlo, pero milagrosamente, no fue necesario. Sor Ángela continuaba como dormida, con una dulce sonrisa en los labios. Presididas por el cardenal Ilundáin, con la presencia de una representación del Ayuntamiento republicano y muchas personalidades de la ciudad, se llevaron a cabo las exequias y se le dio sepultura en la cripta del convento. Sobre su féretro, unas flores de última hora: un ramo de los más hermosos claveles que un obrero había podido comprar con su jornal diario. Ese día se quedaría sin comer, por las flores. Con lágrimas en los ojos, recordaría en cuántas ocasiones las hermanas de la Cruz le habían socorrido y le habían dado un plato de comida.

Beatificación y canonización
El 5 de noviembre de 1982, Su Santidad el Papa Juan Pablo II la beatificó en el transcurso de una eucaristía, en su visita a Sevilla. La fórmula de la beatificación fue “Nos, declaramos que la venerable sierva de Dios Ángela de la Cruz Guerrero y González, fundadora de la congregación de las hermanas de la Compañía de la Cruz, de ahora en adelante podrá ser llamada beata”. Esa misma tarde el Papa visitó la Casa Madre y rezó frente a su tumba. El Santo Padre se arrodilló ante la misma hornacina donde hoy puede contemplarse su cuerpo incorrupto.

El 20 de diciembre de 2002, la Iglesia aprueba el milagro atribuido a sor Ángela consistente en la curación de un niño que sufría obstrucción arterial de la retina de un ojo, y que recuperó repentinamente la visión.

Veintiún años después de la beatificación, el 4 de mayo de 2003, Su Santidad el Papa Juan Pablo II vuelve a España para canonizarla en Madrid, en la Plaza de Colón, con el nombre de Santa Ángela de la Cruz, junto a otros cuatro beatos españoles.

Madre María de la Purísima y el Papa Juan Pablo II


El 7 de mayo de 2003, su cuerpo incorrupto es trasladado desde la Casa Madre hasta la Catedral de Sevilla, donde presidió los actos en su honor tras la canonización.

En la procesión del Corpus Christi celebrada el 11 de junio de 2009 en Sevilla, se incluyó por primera vez un paso con la imagen de Santa Ángela de la Cruz.
Paso de Santa Ángela