22 may. 2015

BOSQUEJO BIOGRÁFICO DE SOR ÁNGELA - CAPÍTULO 01


BOSQUEJO BIOGRÁFICO
DE
SOR ÁNGELA DE LA CRUZ

Primera biografía
de Sor Ángela de la Cruz, escrita por
una de sus últimas novicias


CAPÍTULO I
[1] De la patria, nacimiento y ambiente en que vio la luz la sierva de Dios.– [2] Una visita a la casa donde nació Sor Ángela.

[1. De la patria, nacimiento y ambiente en que vio la luz la sierva de Dios]

Dieciocho siglos habían desaparecido del escenario de la vida y se aproximaba la mediación del orgulloso diez y nueve. Finalizaba el pacífico pontificado de Su Santidad Gregorio XVI, predecesor del glorioso Pío IX, de universal y feliz recordación; reinaba en España la reina Doña Isabel II. Ocupaba la Silla episcopal de la Diócesis Hispalense el Eminentísimo Cardenal Cienfuegos. El mundo todo se agitaba en la incesante y eterna lucha de distintos y opuestos ideales.

Y fue en la incomparable Sevilla, patria de héroes y de santos, de sabios y filósofos, de artistas y poetas famosos en el mundo entero, por la fecundidad de sus concepciones, por la viveza de su fantasía, por la originalidad de su genio. En Sevilla, cuyo elogio no intentamos hacer, por estar sobrada y magistralmente cantado el poema de su rara hermosura y estudiados los variados matices de la belleza encantadora que encierran todos los aspectos de su exquisito espíritu; donde, a las siete horas de la tarde del día treinta de enero, de mil ochocientos cuarenta y seis, vio la luz primera una niña, cuyo humilde nacimiento estaba llamado a ser esclarecido en lo futuro y a llenar con su nombre casi un siglo de esta bendita y privilegiada tierra de María Santísima.

He aquí lo que se deduce de la «partida» que tenemos a la vista, tomada del libro noveno de bautismos, de la antigua y extinguida parroquia de Santa Lucia, al folio setenta y nueve:

Fueron sus padres José Guerrero Benítez, natural de Grazalema, y Josefa González Fernández, nacida en Sevilla, los cuales habitaban la casita número cinco de la llamada Plaza de Santa Lucía. Recibió las regeneradoras aguas bautismales el día 2 de febrero, de manos de D. Miguel Mijares, teniente Cura de la expresada parroquia; siendo padrinos D. Francisco Franco y Dña. María Gómez, de la collación de San Pedro, de esta ciudad. Abuelos paternos, Juan José Guerrero, de Grazalema, y Ángela Benítez, de Ubrique. Maternos, Antonio González, del Arahal, y Juana Fernández, de Zafra. Impusieron a la neófita el nombre de María de los Ángeles,
Martina, de la Santísima Trinidad».

No entendemos haber nada de extraordinario en la elección de los nombres que a la niña pusieron. Parece natural que los primeros obedeciesen a llamarse Ángela su abuela paterna y celebrar la Iglesia el día de su nacimiento la festividad de Santa Martina, virgen y mártir; en cuanto al tercero, «de la Santísima Trinidad», es frecuente en muchos párrocos imponerlo a todos los que bautizan.

Pero sí podemos afirmar que, con las extraordinarias luces que el Señor concedió a la angelical niña, desde sus primeros años, acerca de la vida sobrenatural, penetrose ella del fin que la Iglesia persigue al imponer a los bautizados nombres de los misterios divinos, o advocaciones de la Santísima Virgen y los Santos.

[Sus devociones]

En efecto, fue ternísimo el cariño que profesaba a la bendita Madre de Dios, a la cual llamó siempre «nuestra Santísima Madre».

Su vida fue la de un ángel de caridad, haciendo con sus prójimos los oficios que los espíritus bienaventurados en el cielo; oficios que después explicará magistralmente a sus hijas en la carta del año mil novecientos diez y ocho, exhortándolas a ser «ángeles humanos» bajo su humilde hábito de Hermanas de la Cruz.

Objeto de especial devoción fue para ella también la virgencita Santa Martina, esforzándose en imitar sus virtudes, y obsequiándola cada año con cultos particulares, que posteriormente por corresponder a la fecha de su nacimiento, han sido tan solemnes y extraordinarios en el Instituto, que más de una vez hablaremos de ellos en el curso de nuestra historia.

Por último, el misterio de la Santísima Trinidad, del cual hablaba con una sencillez, pero al mismo tiempo con una luz, aplomo y naturalidad como si hubiera hecho estudios teológicos, constituía el fundamento de su inquebrantable y robusta fe, innumerables veces expresada en las palabras: «Creo en Dios Padre, en Dios Hijo y en Dios Espíritu Santo». Y en obsequio sin duda del misterio básico de nuestra Religión, acostumbraba a santiguarse tres veces con gran reverencia al despedirse de Nuestro Señor en el Oratorio cada noche, y tomaba otras tantas, agua bendita en la pilita del dormitorio, antes de entregarse al descanso. Podemos afirmar que supo corresponder al honor que recibiera al ostentar estos nombres, honrándolos a su vez con una vida cristiana tan perfecta, que cristalizó en la más encumbrada
santidad.





[Sevilla, su suelo patrio]

Algo análogo diremos de la tierra que la vio nacer. Sevilla le dio el abolengo de su ilustre historia, de sus hombres eminentes en todas las manifestaciones de la vida y el saber; de su privilegiada hermosura, de su dulce y suave clima, de su incomparable y luminoso cielo azul.

Mas ella correspondió a estos honores que de Sevilla recibiera, dedicándole un lugar preferente en los afectos de su noble y generoso corazón; agregando a su limpio historial el nombre de uno de los mayores prestigios de los tiempos modernos, y legándole en sus hijas un Instituto —timbre de gloria— que consolara todas sus penas, aliviara todas sus miserias, endulzara con la suave sonrisa de su ardiente caridad todos sus grandes dolores, y pusiera claridades de cielo en las oscuridades que nublan las torturadas conciencias de los pobres y enfermos, desheredados de las comodidades de la tierra: faltos de cariño, de pan, de abrigo, de hogar.

[2. Una visita a la casa donde nació Sor Ángela]

Con el alma presa de dulce emoción, hemos visitado la feliz casita donde la Santa Madre naciera.

En la antigua y desigual plaza de empedrado suelo algún que otro trozo, en que unas grandes losas de piedra gris quieren semejar acera; entre edificios que, aunque modestos, todos han sufrido reformas y doblado sus pisos; ella sola permanece intacta, conservando sobre la puerta de entrada el mismo número cinco que ostentara hace un siglo.

Tiene solo planta baja, pero para la familia humilde modesta que la habitaba resultaría cómoda y bastante capaz. Por un escalón de, próximamente dos decímetros de altura, se baja al zaguán, que al lado izquierdo de la pare frontera a la puerta tiene un hueco, cuya parte superior remata en arco de circunferencia simétricamente colocado. Cierra hoy el hueco sencilla cancela de hierro, mas en aquel tiempo hacía este oficio el clásico portón, que velaba el interior de las viviendas.

Pasamos a un patio enladrillado y rectangular, de casi doble longitud de anchura, con cuatro corredorcillos tejados, que permiten el paso sin mojarse en tiempo de lluvia, y aminoran el área de iluminación, amortiguando un poco la cegadora luz del verano. A ellos abren las puertas de las seis habitaciones que constituyen la vivienda.

A mano derecha y en primer término, se encuentra la habitación donde nació nuestra heroína. Es relativamente espaciosa, con uno de sus ángulos convexo, que le resta tamaño e igualdad, y una ventana rectangular por donde recibe la luz y ventilación de la plaza. Aquí —nos decíamos— pasó la mayor parte de sus años primeros; desde aquí oiría las campanitas de la parroquia que tan dulce eco despertaban en su alma; aquí durmió sus primeros sueños de inocencia y empezó a concederle Nuestro Señor aquella primeras gracias y dones que la pequeñuela tan bien supo aprovechar.

Seguimos nuestra interesante inspección. Las demás habitaciones son todas casi cuadradas, abren su puerta y una pequeña ventana al patio; tres de ellas en la misma ala derecha y una al frente; la del rincón no tiene ventana, recibiendo la iluminación por un tragaluz que da a la azotea.

En el lado izquierdo, a partir de la cancela, hay otra habitación, análoga a las ya descritas: un cuartillo pequeño para desahogo, sin luz directa, y la cocina. En esta, al frente izquierdo, está el poyo con dos hornillas bajo la campana de la chimenea que, según la hipótesis más probable, utilizaría la familia; pues otros poyos y hornillas que hoy existen parecen construidos después, para comodidad de los diversos vecinos que han habitado la casa.

Un pozo con brocal de ladrillos que estaba frente a la chimenea, nos dijeron que lo habían tapado, por haberse echado a perder el agua, a causa de unas cañerías que desaguaban en él. Entre la cocina y un pequeño corral, dos pilas muy bajitas forman el lavadero, recibiendo de lleno la luz, pero sin salir fuera de techado.

Por una derruida escalera de ladrillos, construida en el corral, subimos a la pequeña azotea, que pisa sobre las habitaciones fronteras a la calle y alegra una baranda de hierro, que permite verla toda desde el patio.

Hemos evocado la visión de la niña modesta y trabajadora; nos la figurábamos tomando parte en escenas familiares; atravesando los corredorcillos, afanada en la cocina, lavando en las pequeñas pilas, subiendo la escalerilla para tender ropa en la azotea, o cuidar sus macetas y sus flores, como buena sevillana.

Aquí, se nos antojaba absorta en dulces meditaciones: contemplando la hermosura del cielo, azul unas veces, y fuertemente luminoso bajo el sol de mediodía; suavemente encendido otras, con los arreboles de las nostálgicas tardes otoñales; ahora iluminado con la alegre claridad de las mañanas abrileñas; luego quieto y silencioso, cuajado de estrellas… ¡Qué alto hablarían a su alma aquellas bellezas naturales! ¡Con qué misteriosa emoción miraría los atractivos perfiles de su parroquia, que desde allí se divisaba, anhelante de arrodillarse a los pies de la Santísima Virgen, de rezar ante el Sagrario!

Interrumpimos nuestras divagaciones y salimos a la calle con el firme propósito de hacer la descripción de la casita. Porque, siendo probable que, por determinadas circunstancias haya de sufrir reformas, nos place consignar la actual distribución, en un todo igual a los tiempos en que sirvió de habitación a la Santa Madre.

Pero, antes de alejarnos de aquellos lugares, volvimos a remirar la plaza y nuestros ojos buscaron ávidamente el edificio que hace un siglo fuera la iglesia de Señora Santa Lucía.

La revolución, que al suprimirla convirtiéndola en finca privada, hizo que andando el tiempo se destinase a almacén de maderas. Hoy —lo consignamos con amarga pena— han instalado en ella un cine.


Nos alejamos con triste y honda impresión producida por el contraste entre la vida cristiana, laboriosa y pacífica que en la casita acabábamos de evocar, y la alocada agitación moderna, que entrañando el ansia de buscar placeres y comodidades, como única finalidad de la vida, trata de extinguir los últimos destellos de fe y espiritualidad en las clases humildes y trabajadoras.



No hay comentarios :

Publicar un comentario