1 ago. 2011

Biografía Sor Ángela de la Cruz - Santa Ángela de la Cruz

Nacimiento e infancia
Nació en Sevilla, el 30 de enero de 1846, en la plaza de Santa Lucía, número 5 (lugar que puede visitarse, y que permanece cuidado, como reliquia, por las hermanas de la Cruz). Sus padres fueron Francisco Guerrero y Josefa González, de origen muy humilde. Francisco, cardador de lana de Grazalema, aficionado a los libros devotos, honrado y recto en su trabajo y en su vida. Josefa, costurera, nacida en Sevilla, a quien las primeras hermanas de la Cruz llamaban cariñosamente "la abuelita" siendo ya anciana: una cristiana virtuosa, muy trabajadora y limpia pese a su pobreza, que dejaría su sello de piedad y ejemplaridad en la educación de toda la familia.

Casa Natal Santa Lucía 5 (Sevilla)
Tuvieron catorce hijos, de los que sólo sobrevivieron seis (José, Antonio, Francisco, Joaquina, Dolores y nuestra Ángela). Cuando nació Ángela, sus padres trabajaban asistiendo a los frailes Trinitarios: Francisco, como cocinero, y Josefa de lavandera y costurera. Ángela fue bautizada el 2 de febrero de 1846, a los tres días de nacer, en la iglesia de Santa Lucía (hoy desaparecida). La pila bautismal se conserva en la casa natal, en Santa Lucía 5. Ángela nació y se educó en un ambiente devoto. En casa tenían un pequeño altar para rezar el rosario en el mes de mayo. La familia también tenía a su cargo un altar en la parroquia vecina, consagrado a la Virgen de la Salud. Para los hijos, este altar era una prolongación de su propia casa. En la Casa Madre se venera con especial devoción una pequeña Virgen de la Salud, proveniente originalmente de la iglesia de Santa Lucía, donde fue bautizada Ángelita, y a la que solía acudir en sus rezos diarios, siendo una niña.

Su educación escolar fue mínima: algo de lectura, escritura, aritmética y el catecismo. Probablemente asistió a algunas clases que señoras particulares ofrecían en la época en sus propias casas, a cambio de una pequeña compensación económica. Pronto tendría que dejarlas porque la familia no podía permitírselo y se le requería en las labores de la casa. Sin embargo, su falta de instrucción la supo siempre compensar con una inteligencia natural vivísima y un corazón grande y generoso.

La “Zapaterita”
Para conseguir algunos recursos económicos, y así poder ayudar a la familia, a los 12 ó 13 años entró de aprendiza en el taller de confección de calzado de doña Antonia Maldonado, en la entonces calle del Huevo. Su propietaria, doña Antonia, era una persona piadosa, y solía finalizar el trabajo, todas las tardes, con el rezo del rosario. Ángela, la “zapaterita” destacó siempre por su empeño y habilidad para el trabajo encomendado. Pero Dios tenía otros planes para ella.

Sor Ángela
Su religiosidad y espiritualidad fueron precoces. A los 15 años dormía encima de una tabla sobre la cama. A pesar de su fragilidad, realizaba ayunos y utilizaba el cilicio (en forma de corona de espinas bajo el pelo). En el taller de calzado todos los viernes se privaba de su comida y la daba a los pobres. Arrodillada delante de sus compañeras, les suplicaba algo de pan para poder añadirlo a su limosna.

Una tarde, en el taller, en la habitación donde rezaban el rosario, la encontraron arrodillada en oración, extasiada, milagrosamente suspendida sobre el suelo. Doña Antonia pidió a las demás operarias que no interrumpieran este momento y prosiguieran su tarea. Al día siguiente puso este hecho extraordinario en conocimiento de su confesor, el padre don José Torres Padilla, quien manifestó su deseo de conocer a Angelita.

Vocación
El padre Torres fue una figura clave para consolidar la vocación y dirigir la vida espiritual de Angelita. Desde el primer momento descubrió sus cualidades y la animó a continuar el apostolado con los pobres. A los 16 años, Angelita ya frecuentaba las visitas a los pobres y enfermos. Entre ellos se encontró con una mujer muy grave, con tumores y llagas en los pechos por la leche retenida en ellos. Una intervención quirúrgica podía salvarla, y Angelita intentaba convencerla de ello, pero la mujer se negaba. Sin pensárselo dos veces, Angelita chupó sus llagas y extrajo la pus. La enferma sanó tras esta heroica acción, aunque se llevó la reprimenda del padre Torres porque la imprudencia podía haberle costado la salud.

Padre Torres Padilla
Hasta los 19 años compaginó la vida en familia con sus padres, el trabajo en el taller de calzado y una vida dedicada a la oración y la atención a los pobres y necesitados. En este clima de intensidad espiritual surgió su vocación religiosa. A los 19 años pensó en ingresar como lega en un convento. El padre Torres le facilitó una carta de recomendación para la superiora de las Carmelitas Descalzas. Sin embargo, su fragilidad física, pensaron, no podría soportar los duros trabajos físicos de las hermanas legas…y no fue admitida.

En 1869, cuando contaba 23 años, Angelita entró como postulante en el Hospital de las Hijas de la Caridad en Sevilla, poco después de que el padre Torres marchara a Roma, como consultor del Concilio Vaticano I. En las Hijas de la Caridad pasó el postulantado y tomó el hábito de novicia. Pero su salud comenzó a resentirse, padeciendo de vómitos continuados. La mandan a Cuenca, y de allí a Valencia, en un intento de que su salud mejorase con el cambio de aires, pero sigue frágil, sin restablecerse, e incapacitada para seguir esta vida religiosa.

Hacerse pobre con los pobres
Angelita volvió a Sevilla con el desánimo de no poder materializar su vocación religiosa. El padre Torres no regresaría hasta 1870, y a su vuelta, fue nombrado canónigo de la catedral. Con este cargo pudo continuar con sus actos de generosidad extrema con los más desfavorecidos. Angelita se restableció -contaba que fue gracias a que la “abuelita” le dio de comer unos “soldaditos de pavía”, fritura de bacalao y harina- y en 1871, el día de Todos los Santos, pone por escrito el propósito de vivir su vocación religiosa en el mundo, ya que había fracasado intentándolo recluida en un convento. Escribirá: “Hoy, 1 de noviembre de 1871, hago propósito yo, María de los Ángeles Guerrero, a los pies de Jesucristo crucificado, de vivir conforme a los consejos evangélicos…imitar la vida oculta de Jesús en lo exterior; y en lo interior vivir crucificada con Jesús.” En 1873 pidió permiso al padre Torres para firmar como Ángela de la Cruz, apellido que le acompañaría desde entonces para siempre.

Sor Ángela. Óleo de Cárceles.
Entre sus pensamientos estaba “hacerse pobre con los pobres para atraerlos a Cristo”, constituyendo un Instituto religioso que “abrazara voluntariamente y por amor a Dios y a los pobres y las penalidades de la pobreza”. Estamos ante la semilla de su vocación y de su gran obra. El padre Torres le pidió que pusiera estos pensamientos por escrito. Tras el trabajo en el taller, cada noche, fue puntualmente dando forma al proyecto que ansiaba instituir. Las faltas de ortografía las compensaba con un lenguaje sencillo, espontáneo, directo del alma.

En 1875, el día de la Inmaculada, solicitó al padre Torres autorización para realizar votos perpetuos. De esta forma, y con el consentimiento de su confesor y guía espiritual, quedó consagrada a Dios. Su proyecto aún no estaba maduro, y el padre Torres vuelve a pedirle que siga escribiendo el proyecto fundacional de la Compañía de la Cruz.

Ángela era consciente de que una vida de austeridad y consagración a los pobres sería rigurosa y difícil de llevar a cabo para las hermanas que formaran parte del proyecto. Pensó en que tales dificultades se mitigarían disponiendo una figura de la Virgen en el centro de su futuro convento, “nuestra amadísima Reina en un altar, en un trono de gloria, radiante de hermosura”. Camino de su casa, tras el trabajo en el taller, la Santísima Virgen se le apareció, suspendida en el aire, bellísima, sirviendo de consuelo para todas sus preocupaciones. Su rostro “amable y hermoso” fue la respuesta final que Ángela necesitaba.

Algunos de sus escritos nos describen las intenciones para el proyecto que está a punto de crearse. A Ángela le gustaría que las hermanas fueran “desprendidas de todo, hasta de ellas mismas, sin tener más terreno ni más ropa que la puesta y esta de limosna…para que en nada pueda apegarse el corazón. Ocultas y desconocidas, y sin ninguna apariencia que las haga más particulares que las demás, que formen una comunidad de una vida extraordinaria por su penitencia, su obediencia y su mortificación en todo.”

Inicio de la Compañía de la Cruz
En 1875 Ángela deja definitivamente el taller de calzado y se centra en su nuevo proyecto. Sus primeras compañeras de viaje fueron Josefa de la Peña, que solía acompañar a Ángela en las visitas a los pobres, Juana María de Castro (la futura hermana Sacramento) y Juana Magadón, que aportan mucha ilusión, trabajo abnegado y los pocos bienes de los que disponen para la Compañía de la Cruz en ciernes. El padre Torres le confiere a Ángela el título de Hermana Mayor, título al que renuncia y transfiere a la Virgen María. Alquilan una pequeña habitación en la calle San Luis número 13, donde se instalan e inician la andadura como comunidad.

El 2 de agosto de 1875 las cuatro primeras hermanas de la Cruz, tras oír misa en Santa Paula y comulgar con el padre Torres, comienzan su primera jornada. Van pobremente vestidas, en parejas, en silencio, como será la norma desde ese momento. Visitan a los pobres para llevarles unos pequeños obsequios. Están celebrando una pequeña fiesta inaugural de la Compañía. Esa misma noche, cuando llegan a la habitación de la calle San Luis, la despensa está vacía. Así, ayunando, y dándole gracias a Dios por su primer día, duermen radiantes de felicidad en unas humildes esterillas.

En los meses siguientes apenas recogen dinero para subsistir y seguir ayudando a los pobres y enfermos. Tras muchas gestiones y la ayuda, entre otros, del hoy beato don Marcelo Espínola, que sería obispo de Coria y cardenal arzobispo de Sevilla más tarde, se trasladan a una pequeña casita en la calle Hombre de Piedra número 8. Con más espacio que en la primitiva ubicación, las hermanas asientan la infraestructura imprescindible para consolidar su obra. En Navidad, por disposición del cardenal Lastra, las hermanas comienzan a vestir el hábito sencillo ideado por Sor Ángela, signo de su consagración a la causa de los pobres: bayeta parda, con escapulario, cordón franciscano, toca blanca y alpargatas de estameña.

Consolidación del Instituto
El 5 de abril de 1876 el cardenal Lastra aprueba el Instituto. Ese mismo año, desde Roma, llega la autorización para la celebración de la Santa Misa y la reserva de la Eucaristía en la capilla del convento de la calle Hombre de Piedra, y en todas las futuras casas de la Compañía.

Poco a poco Sevilla las va conociendo. Suscitaban en aquel momento, como lo siguen haciendo hoy, el cariño y la admiración de todos por su vida sencilla llena de amor a los pobres. Con motivo de la epidemia de viruela de 1876 (que coincidió con las temidas inundaciones del río Guadalquivir) su labor testimonial fue inmensa, y quedaría grabada para siempre en la memoria de todos los sevillanos. Extendieron su obra asistencial (no prevista inicialmente en los estatutos de la Compañía) en atender y recoger a las niñas huérfanas de los enfermos que socorrían. Ese año con la hija de un obrero -que les había pedido, antes de morir, que no la abandonaran-, inician su primera experiencia de internado. Encarnación, la cuarta niña acogida por las hermanas, sanó de unos vómitos de sangre siendo velada en su sueño, durante toda una noche, por sor Ángela. Con el tiempo ingresaría en el Instituto con el nombre de hermana Ángeles, por el cariño hacia la fundadora.

Arzobispo Lluch
En 1878 falleció el padre Torres Padilla tan santamente como vivió. Pero Dios no abandona a Sor Ángela. El padre José Álvarez Delgado, hijo espiritual y discípulo del padre Torres, le sucedió en el puesto de director de la Compañía. Vivió intensamente la espiritualidad de las hermanas, con gran entrega y entusiasmo, y hasta su muerte llevó bajo la sotana el escapulario de hermano de la Cruz. Fue en 1878, durante una misa del padre Álvarez, cuando sor Ángela pronunció sus votos perpetuos. Sería también el padre Álvarez el que redactara, basándose en los escritos de sor Ángela, las Constituciones de las Hermanas de la Cruz, que fueron aprobadas por el arzobispo Lluch. En unos ejercicios espirituales para las hermanas, sor Ángela escribió: “La primera pobre, yo”. Era el mensaje que quería transmitir al Instituto, y que no dejó de recalcar durante toda su vida, especialmente a las hermanas novicias: “Pobres de hecho y de deseo hemos de ser al pie de la cruz, para servir en su Instituto…comer de vigilia, y a veces de lo que a los demás le sobra…como pobres limosneras; dormir sobre tablas, viajar en tercera, no dispensarnos de ningún trabajo material dentro y fuera del convento por humillante y pesado que sea…y llevar todo esto con alegría, ofreciéndoselo a Dios”.


Monseñor Marcelo Espínola
En 1880 el padre Marcelo Espínola es nombrado obispo auxiliar. Su labor será de gran apoyo para las Hermanas de la Cruz. En 1881 se trasladan a una nueva casa en la calle Cervantes número 12, gracias a las ayudas de muchos benefactores, entre ellos el arzobispo Lluch. Ese mismo año sor Ángela es nombrada Madre General (en vez de Hermana Mayor), aunque todas continúan llamándola “Madre”. En 1882 fallecen el padre Álvarez Delgado y el arzobispo Lluch. La Compañía queda, momentáneamente sin director. En 1883 monseñor Spínola nombra al Padre José Rodríguez Soto como nuevo director espiritual de las Hermanas, cargo que desempeñó durante 24 años. Se cuenta que probó la virtud de sor Ángela, a quien tanto admiraba, en diversas ocasiones, tratándola con severidad. Sor Ángela siempre acató la dirección del Padre Rodríguez Soto con su humildad característica. En aquellos días, sor Ángela propuso colocar una silla especial, entre las Hermanas, y sobre ella, una estampa de la Virgen, a quien siempre consideró la verdadera Superiora de la Compañía. Esta Virgen de la Silla, presidió desde entonces las reuniones dentro de la Casa, y a su paso, las hermanas, depositaban sobre ella un cariñoso beso.

San Benito José Labre
En 1887 se trasladan a la definitiva casa de la calle Alcázares (hoy Santa Ángela de la Cruz). Se trataba de una antigua casa palacio propiedad del marqués de San Gil. Se consiguió gracias a miles de donativos, entre ellos el de doña Emilia Riquelme, la que fuera fundadora de las Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada. Cuando en su familia le recriminaron tan cuantioso donativo a las hermanas, ella contestó: “No os preocupéis. No he perdido nada. Lo he depositado en un banco que no quiebra”. En 1890 el arzobispo Sanz y Forés pidió a las Hermanas que revisaran las Constituciones para adaptarlas a las nuevas normas de derecho canónico. Con la ayuda del padre Soto, las nuevas Constituciones fueron remitidas a Roma para solicitar la aprobación pontificia. Como la aprobación se retrasaba, en 1894 sor Ángela viajó a Roma para alentar el proceso, pero tampoco pudo conseguirlo. De su viaje a Roma destaca su fascinación, tal y como recogen sus cartas, por la figura del santo mendigo, San Benito José Labre, que pasó toda su vida como “mendigo entre los mendigos”. Ese mismo año monseñor Marcelo Spínola fue nombrado arzobispo de Sevilla, lo que fue celebrado con alegría entre las Hermanas de la Cruz, por su vinculación y compromiso con el Instituto. Nuevas casas se abrían en Villafranca (Badajoz), Arjones, Zalamea de la Serena y Fuentes de Andalucía. En 1897 falleció la infanta María Luisa Fernanda de Borbón y Borbón en el palacio de San Telmo. Fue amortajada y enterrada en el Escorial con el hábito de las Hermanas de la Cruz, por su vinculación y amistad personal con sor Ángela.

En cierta ocasión, en el internado se quedaron sin más pan que el del refectorio para la cena de la comunidad. La hermana San Agustín, cocinera, corrió a buscar a sor Ángela hasta el Oratorio, para comunicárselo. Sor Ángela sonríe. No hay que preocuparse. Sigue orando. Al rato reciben una visita del juzgado de la plaza de la Encarnación anunciándoles que podían ir a recoger una espuerta de pan como limosna para las hermanas. Los panes se habían multiplicado para las niñas internas del Instituto. La precariedad de su economía se resentía en multitud de ocasiones, y el día a día se hacía difícil. A menos que ocurrieran cosas extraordinarias, como cuando les llegó una factura del panadero de 250 pesetas, y no tenían dinero para pagarla. Sor Ángela, en aquella ocasión, rogó al panadero que volviera a cobrar la cuenta un poco más tarde. Al rato, en la portería se recibía anónimamente un sobre con una limosna, una limosna de exactamente 250 pesetas para pagar la cuenta del panadero.

Aprobación definitiva
En 1898 el Papa León XIII firmó el “Decreto de Alabanza”, por el que el Instituto de las Hermanas de la Cruz iniciaba el camino para ser aprobado definitivamente por la Santa Sede. Esta aprobación no llegó hasta junio de 1904 y fue ratificada por el Papa Pío X, su sucesor. La conformidad pontificia con los Estatutos, no obstante, había suprimido el cargo de director, por lo que, desde la muerte del padre Rodríguez Soto en 1906, sor Ángela quedó sola al frente de la Compañía. Contaba en aquel momento 61 años, y su trabajo tuvo que multiplicarse, como también lo hizo su correspondencia con las diferentes casas. Se conservan más de 5.000 de aquellas cartas que sor Ángela escribió. En muchas ocasiones se trata de auténticas guías espirituales para las hermanas. En 1908 llegó la aprobación definitiva de las Constituciones.

Papa Pío X
En 1912 sor Ángela cayó gravemente enferma. Todas las hermanas pensaron que llegaba el último momento. Se le administraron los últimos sacramentos, pero se recuperó y volvió a su trabajo diario, con renovadas fuerzas. En 1925 se cumplían las bodas de oro de la Congregación. Sor Ángela resumió en tres palabras las características del Instituto de las Hermanas de la Cruz: “pobreza, limpieza, antigüedad”. En aquel año las inundaciones del río continuaban asolando Sevilla, y las hermas de la Cruz volvían a regalar todo un ejemplo de vida y caridad con los más necesitados.

En 1928 sor Ángela cesa como Madre General, por razón de edad, tal y como recogían las nuevas Constituciones. Ella siempre aceptó y acató esta decisión. Quedó como “superiora general honoraria” y el nuevo título de Madre General recayó en la hermana Gloria. Pese a su avanzada edad, continuaba trabajando en la cocina de la comunidad, y cumpliendo rigurosamente con los horarios (entre ellos el de levantarse a las cuatro y media de la madrugada). Se le habilita, por deseo suyo, un pequeño cuartito abierto en el hueco de una escalera, con la intención de pasar desapercibida y ser, poco a poco, olvidada. En la sala de labor se encargaba de recordar a las hermanas la “meditación del día”. Como la describe la entonces nueva Madre General, la hermana Gloria, en una carta circular a todas las casas “Madre, cada día más santa”. Cuando le Ayuntamiento de Sevilla, en noviembre de 1928, obsequia a las hermanas con dos lápidas de mármol blanco, una con inscripciones de alabanza para el Padre Torres y otra para sor Ángela, la suya fue a parar, vuelta al revés, como mesa en la enfermería del noviciado, siguiendo sus instrucciones. Iba contra sus principios de hacer el bien “en silencio, sin publicidad; trabajando ocultas como si estuviéramos bajo tierra”.

Últimos instantes
El 7 de junio de 1931 sufrió una grave embolia cerebral, después de hacer sus oraciones y oír misa, camino del refectorio para desayunar. Sus últimas palabras fueron: “No ser, no querer ser; pisotear el yo, enterrarlo si posible fuera”. La humildad, la humildad siempre. Después de pronunciarlas estuvo nueve meses sin poder hablar, mientras esperaba con resignación que le llegara el momento de visitar la Casa del Padre. Le había pedido a Dios que le dejara un año de preparación para la muerte. En sus Papeles de Conciencia en 1875, a modo de testamento, señalaba cómo deseaba su camino hacia el Señor: “Es mi voluntad que en mi última enfermedad no me asista ningún médico…que no me muevan de la tarimita…que me dejen como esté vestida…que así expire, llamen a los sepultureros… poniéndome en la caja más vieja y mala que encuentren…y que nadie me acompañe…y cuando se enteren que la hermana Ángela ha estado mala, que ya esté yo enterrada. Es mi última voluntad, no obstante, para ser obediente hasta después de mi muerte, entrego mi cuerpo a la obediencia”. No podrían cumplirse la mayor parte de estas cláusulas, salvo la de la obediencia final.

Falleció el miércoles 2 de marzo de 1932 a las tres menos veinte de la madrugada. Abrió los ojos, alzó sus brazos hacia el cielo y suspiró en tres ocasiones, al tiempo que mantenía una dulce sonrisa en los labios.

Sevilla se despertó esa mañana con la triste noticia. En toda la ciudad se anunciaba que acababa de morir una santa. Una gran muchedumbre se agolpó a las puertas del convento desde primera hora. Al alba las hermanas habían bajado el cuerpo de Madre y lo habían situado en la capilla, sobre la misma tarima donde falleció. En la celebración matinal no hubo lectura de meditación. No hacía falta. El cuerpo de sor Ángela era la mejor reflexión para todas las hermanas. Se abrieron las puertas para los fieles. Y el pueblo quiso despedirla en procesión sin fin hasta las diez de la noche. Y así desde el miércoles hasta el sábado de esa semana. Se calcula que más de 70.000 personas desfilaron ante el cuerpo de sor Ángela. El alcalde de Sevilla, D. José González Fernández de Labandera, atendiendo a “las circunstancias excepcionales que concurren, y dada la obra eminentemente humanitaria y caritativa que desarrolló en vida”, permitió que fuera enterrada en la cripta de la casa Generalicia de Sevilla. Además el Ayuntamiento republicano de Sevilla acordó por unanimidad dar el nombre de Sor Ángela de la Cruz a la antigua calle Alcázares.

Sor Ángela trasladada desde la Casa Madre hasta la Catedral de Sevilla


El sábado estaba previsto el entierro. En caso de corrupción del cadáver durante los tres días que estuvo expuesto públicamente, los responsables médicos tenían instrucciones de embalsamarlo, pero milagrosamente, no fue necesario. Sor Ángela continuaba como dormida, con una dulce sonrisa en los labios. Presididas por el cardenal Ilundáin, con la presencia de una representación del Ayuntamiento republicano y muchas personalidades de la ciudad, se llevaron a cabo las exequias y se le dio sepultura en la cripta del convento. Sobre su féretro, unas flores de última hora: un ramo de los más hermosos claveles que un obrero había podido comprar con su jornal diario. Ese día se quedaría sin comer, por las flores. Con lágrimas en los ojos, recordaría en cuántas ocasiones las hermanas de la Cruz le habían socorrido y le habían dado un plato de comida.

Beatificación y canonización
El 5 de noviembre de 1982, Su Santidad el Papa Juan Pablo II la beatificó en el transcurso de una eucaristía, en su visita a Sevilla. La fórmula de la beatificación fue “Nos, declaramos que la venerable sierva de Dios Ángela de la Cruz Guerrero y González, fundadora de la congregación de las hermanas de la Compañía de la Cruz, de ahora en adelante podrá ser llamada beata”. Esa misma tarde el Papa visitó la Casa Madre y rezó frente a su tumba. El Santo Padre se arrodilló ante la misma hornacina donde hoy puede contemplarse su cuerpo incorrupto.

El 20 de diciembre de 2002, la Iglesia aprueba el milagro atribuido a sor Ángela consistente en la curación de un niño que sufría obstrucción arterial de la retina de un ojo, y que recuperó repentinamente la visión.

Veintiún años después de la beatificación, el 4 de mayo de 2003, Su Santidad el Papa Juan Pablo II vuelve a España para canonizarla en Madrid, en la Plaza de Colón, con el nombre de Santa Ángela de la Cruz, junto a otros cuatro beatos españoles.

Madre María de la Purísima y el Papa Juan Pablo II


El 7 de mayo de 2003, su cuerpo incorrupto es trasladado desde la Casa Madre hasta la Catedral de Sevilla, donde presidió los actos en su honor tras la canonización.

En la procesión del Corpus Christi celebrada el 11 de junio de 2009 en Sevilla, se incluyó por primera vez un paso con la imagen de Santa Ángela de la Cruz.
Paso de Santa Ángela

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